viernes, 20 de febrero de 2026

Amor a lo Mussolini : cuando casarse en masa salía con premio

 La Marcha sobre Roma fue la movilización organizada por los fascistas italianos del  27 al 29 de octubre de 1922, cuando miles de camisas negras avanzaron hacia la capital para presionar al rey Víctor Manuel III y forzar la llegada de Benito Mussolini al poder; ante la debilidad del gobierno y el temor a una guerra civil, el rey cedió y nombró a Mussolini primer ministro, convirtiendo aquella demostración de fuerza en el inicio oficial de la dictadura fascista en Italia.

820 parejas se casaron el 28 de octubre de 1933 en la misma iglesia en Roma para conmemorar el aniversario de la fascista “Marcha sobre Roma”. Todo ello con el fin de cobrar la gratificación de varios centenares de liras que el Gobierno italiano ofrecía a quienes contrajeran matrimonio en esa fecha.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.



Los cabarets ambulantes de principios de siglo XX: luces débiles, sombras profundas

En aquellos años, marcados por la escasez y la rigidez moral, el cabaret ofrecía una válvula de escape. En las grandes ciudades existían salas elegantes, con orquestas y bailarinas profesionales, pero lejos de los centros urbanos, en los pueblos y carreteras secundarias, surgía otra versión del espectáculo: los cabarets ambulantes.

Estos locales improvisados se instalaban en almacenes, salones de baile abandonados o barracones adaptados. Su público era mayoritariamente masculino: jornaleros, mozos del pueblo, trabajadores que buscaban una noche distinta entre humo, vino barato y mesas de madera gastada.

Las protagonistas de estos espectáculos eran mujeres jóvenes y con auténtico talento para el baile o el canto, pero atrapadas en un circuito laboral precario. Contratadas con promesas de actuar en teatros dignos, terminaban en locales donde la línea entre el arte y la explotación se desdibujaba.

Los camerinos, cuando existían, carecían de privacidad. Las artistas debían soportar la intromisión de grupos de hombres que se creían con derecho a entrar “porque el dueño lo permitía”. Muchas veces, tras la función, se las obligaba a “alternar” con los clientes, aunque eso no figurara en ningún contrato. Y si protestaban, se enfrentaban a amenazas de boicot o a la pérdida del trabajo.

Para muchas, abandonar el cabaret no era una opción. Era su único medio de vida en una España donde las oportunidades para las mujeres eran escasas y la protección laboral, mínima.

La falta de regulación convertía estos espacios en tierra de nadie. No había inspecciones, ni supervisión sanitaria, ni presencia de autoridad. Los empresarios se beneficiaban de esta ausencia de control, y algunos agentes artísticos actuaban como intermediarios poco escrupulosos, firmando contratos engañosos que enviaban a las artistas a lugares que jamás habrían aceptado de haber conocido la verdad.

En este contexto, no era extraño que los cabarets ambulantes rozaran prácticas que hoy consideraríamos inaceptables: presiones, acoso, invitaciones forzadas y una vulnerabilidad extrema para mujeres que, en muchos casos, eran menores de edad.

Con el paso del tiempo, la imagen del cabaret ha quedado envuelta en un halo romántico: plumas, lentejuelas, música y libertad. Pero la realidad de aquellos años fue mucho más compleja. Hubo salas donde el arte floreció, donde bailarinas y cupletistas construyeron carreras admirables. Y hubo otras donde la precariedad y el abuso eran la norma.

Recordar esa historia sin idealizarla es una forma de reconocer a las mujeres que, con talento o simplemente con necesidad, recorrieron pueblos y ciudades ofreciendo su trabajo en condiciones que hoy nos resultarían intolerables.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.


domingo, 15 de febrero de 2026

El Edificio Carrión

 Hubo un tiempo en que el Edificio Carrión se alzó sobre la Gran Vía como una promesa de futuro. Cuando abrió sus puertas, en 1933, Madrid entero quedó maravillado ante aquella arquitectura que, para los ojos de la época, parecía casi fantástica: líneas dinámicas, materiales nobles y una suntuosidad interior que convertían al edificio en un símbolo de progreso. Hoy, casi un siglo después, esa admiración no ha desaparecido; simplemente ha cambiado de forma. El Carrión ya no es la vanguardia: es la memoria viva de una ciudad que aprendió a ser moderna.

En su momento, los arquitectos Eced y Feduchi fueron celebrados por su maestría técnica. El marqués de Melín era propietario del edificio.

El Carrión se construyó con materiales que entonces eran un lujo extraordinario: mármoles de Salamanca, ónix luminoso, pórfidos, travertinos italianos y maderas exóticas. Su iluminación anticipó el protagonismo que la Gran Vía tendría como avenida de neones y espectáculos.

La Sala Capitol, su joya interior, fue en su día un acontecimiento para la ciudad. Con dos mil localidades y un sistema de aireación que asombró a técnicos europeos, ofrecía cine acompañado de conciertos, ballets y espectáculos de gran categoría. Hoy, aunque ha cambiado y la experiencia cultural se ha diversificado, el Capitol sigue siendo un referente sentimental para varias generaciones de madrileños.

El edificio también albergó cafés, salones de té, un bar americano y departamentos equipados con comodidades que entonces parecían propias del futuro: teléfono, radio, cama-armario y pestillo eléctrico.

Hoy, el Edificio Carrión sigue siendo uno de los grandes iconos de Madrid. Su fachada curva, su presencia en la Gran Vía y su célebre cartel luminoso lo han convertido en una imagen inseparable de la ciudad.

Imagen Biblioteca Nacional de España, 1933.


viernes, 13 de febrero de 2026

La bola que marcaba el mediodía. El Reloj de la Puerta del Sol en 1933

Entre los muchos rituales que dieron forma a la vida cotidiana del Madrid del siglo XX, pocos fueron tan visibles como el descenso diario de la bola del Ministerio de la Gobernación. Para generaciones de madrileños, aquella esfera metálica que caía a mediodía era una referencia absoluta: marcaba el ritmo de la ciudad, ordenaba el tráfico, sincronizaba relojes y, en Nochevieja, se convertía en protagonista nacional. Sin embargo, detrás de ese gesto tan familiar se escondía un mecanismo sorprendente y una historia que hoy merece ser recuperada.

La bola no era un simple adorno ni la pesa del reloj, como se creía popularmente. En realidad, era el verdadero corazón del sistema horario. Conectada directamente con el Observatorio Astronómico, la bola descendía exactamente cuando los astrónomos enviaban la señal oficial del mediodía. El reloj de la torre, por robusto que fuera, se ajustaba a ese instante. La precisión no dependía de engranajes, sino de una coordinación científica que convertía a la bola en la auténtica dueña del tiempo.

José Rodríguez era el encargado del reloj en 1933. Su oficio, mezcla de técnica y dedicación, consistía en dar cuerda a la maquinaria dos veces por semana y vigilar que todo funcionara con la exactitud de un organismo vivo. Rodríguez conocía cada sonido del mecanismo, cada vibración de las campanas y cada capricho del reloj.

Tras subir por escaleras estrechas y sortear cables y vigas, se llegaba al templete donde colgaban las campanas y la bola. Desde allí, Madrid se extendía como un mosaico de tejados, chimeneas y gatos sorprendidos. A mediodía, la ciudad entera parecía detenerse: vendedores ambulantes, transeúntes y conductores levantaban la vista, esperando el repique que confirmaba la hora exacta. Un micrófono instalado al pie de la torre transmitía el sonido a toda España, convirtiendo aquel gesto mecánico en un acto colectivo.

El mecanismo era sencillo pero impecable. Minutos antes de las doce del mediodía, el Observatorio enviaba una señal de aviso. A la hora exacta, llegaba la señal definitiva. El empleado de la torre accionaba un pequeño dispositivo independiente del reloj, liberando la bola, que descendía por gravedad mientras las campanas repicaban. Era un instante breve, pero cargado de significado: el país entero ajustaba su tiempo a ese movimiento.

Hoy, en una era dominada por relojes digitales y sincronización automática, cuesta imaginar la importancia simbólica de aquella bola metálica. La bola del Ministerio de la Gobernación no solo marcaba el mediodía: marcaba la vida.

Imágenes: Biblioteca Nacional de España.






domingo, 8 de febrero de 2026

La tragedia de Gloria Martínez: cuando la búsqueda de belleza terminó en desfiguración

En  1933,  Gloria Martínez, una joven odontóloga madrileña marcada por las viruelas desde niña, decidió someterse a una operación de cirugía estética después de que un cirujano le prometiera que en un mes su piel quedaría “como nueva”.

El tratamiento fue extremadamente agresivo: le inyectaron sustancias en el vientre, le hicieron análisis constantes, le cortaron el pelo, le realizaron varias incisiones en la cara, introdujeron tijeras bajo la piel para cortarla y la sometieron a aplicaciones de una especie de “nieve” que le provocaba ampollas al contacto. A pesar del dolor y de las promesas, su rostro no mejoró; al contrario, quedó gravemente desfigurado, con cicatrices profundas, costras y zonas sin cabello. 

Al descubrir que otros pacientes tampoco habían sido curados, Gloria y su familia denunciaron el caso ante la justicia. Su historia se convirtió en un ejemplo trágico de los riesgos de buscar belleza mediante procedimientos irresponsables y mal practicados.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.

miércoles, 28 de enero de 2026

Las playas del Manzanares: un verano madrileño entre maillots, piraguas y desnudistas despistados

 El Manzanares, se transformó al inicio del siglo XX en una especie de playa madrileña. Donde antes solo había silencio y algún pez despistado, en 1933 aparecieron señoritas en maillot, piraguas tambaleantes, concursos de natación y socorristas vestidos de marineros. Los periódicos incluso presumían de “pijamas elegantes” lucidos en la llamada Playa de Madrid. Bajo sus aguas, más que peces, circulaban cuerpos de todas las formas posibles.

La escena era un contraste continuo. Por un lado, los bañistas “finos”, capaces de pagar las tres pesetas que costaba el baño: jóvenes que no se mojaban ni un dedo, señoras que no cabían en las piraguas, caballeros serios con trajes de baño imposibles y señoritas con bañadores tan ajustados que parecían hechos con la tela de un guante. Por otro lado, la playa popular, río arriba, donde las familias humildes se bañaban sin preocuparse por el qué dirán. Allí, la madre se metía al agua con falda y sostén, el padre con calzoncillos largos, la niña con el guardapolvos del hermano y el pequeño con un maillot que parecía heredado de tiempos remotos. Reinaba la naturalidad absoluta.

La vigilancia no faltaba. Guardias de Asalto recorrían la ribera, no para proteger la ropa, sino para perseguir a los temidos “desnudistas”. Un día, un hombre que creía estar solo decidió bañarse con lo mínimo. Bastó que alguien lo viera para que el río entero se revolucionara. Gritos, carreras, insultos y una persecución digna de una cacería. El pobre hombre, más panza que cabeza, no sabía dónde meterse.

Los domingos eran un espectáculo aparte. Padres de familia nadaban con un pie apoyado en el fondo mientras pensaban en la tortilla y los filetes empanados que les esperaban en la orilla. Los niños se dormían al sol, los hombros se quemaban sin remedio y la vuelta a Madrid se hacía eterna, cargados de bártulos y cansancio.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933