Hubo un tiempo en que el Edificio Carrión se alzó sobre la Gran Vía como una promesa de futuro. Cuando abrió sus puertas, en 1933, Madrid entero quedó maravillado ante aquella arquitectura que, para los ojos de la época, parecía casi fantástica: líneas dinámicas, materiales nobles y una suntuosidad interior que convertían al edificio en un símbolo de progreso. Hoy, casi un siglo después, esa admiración no ha desaparecido; simplemente ha cambiado de forma. El Carrión ya no es la vanguardia: es la memoria viva de una ciudad que aprendió a ser moderna.
En su momento, los arquitectos Eced y Feduchi fueron celebrados por su maestría técnica. El marqués de Melín era propietario del edificio.
El Carrión se construyó con materiales que entonces eran un lujo extraordinario: mármoles de Salamanca, ónix luminoso, pórfidos, travertinos italianos y maderas exóticas. Su iluminación anticipó el protagonismo que la Gran Vía tendría como avenida de neones y espectáculos.
La Sala Capitol, su joya interior, fue en su día un acontecimiento para la ciudad. Con dos mil localidades y un sistema de aireación que asombró a técnicos europeos, ofrecía cine acompañado de conciertos, ballets y espectáculos de gran categoría. Hoy, aunque ha cambiado y la experiencia cultural se ha diversificado, el Capitol sigue siendo un referente sentimental para varias generaciones de madrileños.
El edificio también albergó cafés, salones de té, un bar americano y departamentos equipados con comodidades que entonces parecían propias del futuro: teléfono, radio, cama-armario y pestillo eléctrico.
Hoy, el Edificio Carrión sigue siendo uno de los grandes iconos de Madrid. Su fachada curva, su presencia en la Gran Vía y su célebre cartel luminoso lo han convertido en una imagen inseparable de la ciudad.





