El Manzanares, se transformó al inicio del siglo XX en una especie de playa madrileña. Donde antes solo había silencio y algún pez despistado, en 1933 aparecieron señoritas en maillot, piraguas tambaleantes, concursos de natación y socorristas vestidos de marineros. Los periódicos incluso presumían de “pijamas elegantes” lucidos en la llamada Playa de Madrid. Bajo sus aguas, más que peces, circulaban cuerpos de todas las formas posibles.
La escena era un contraste continuo. Por un lado, los bañistas “finos”, capaces de pagar las tres pesetas que costaba el baño: jóvenes que no se mojaban ni un dedo, señoras que no cabían en las piraguas, caballeros serios con trajes de baño imposibles y señoritas con bañadores tan ajustados que parecían hechos con la tela de un guante. Por otro lado, la playa popular, río arriba, donde las familias humildes se bañaban sin preocuparse por el qué dirán. Allí, la madre se metía al agua con falda y sostén, el padre con calzoncillos largos, la niña con el guardapolvos del hermano y el pequeño con un maillot que parecía heredado de tiempos remotos. Reinaba la naturalidad absoluta.
La vigilancia no faltaba. Guardias de Asalto recorrían la ribera, no para proteger la ropa, sino para perseguir a los temidos “desnudistas”. Un día, un hombre que creía estar solo decidió bañarse con lo mínimo. Bastó que alguien lo viera para que el río entero se revolucionara. Gritos, carreras, insultos y una persecución digna de una cacería. El pobre hombre, más panza que cabeza, no sabía dónde meterse.
Los domingos eran un espectáculo aparte. Padres de familia nadaban con un pie apoyado en el fondo mientras pensaban en la tortilla y los filetes empanados que les esperaban en la orilla. Los niños se dormían al sol, los hombros se quemaban sin remedio y la vuelta a Madrid se hacía eterna, cargados de bártulos y cansancio.





