En aquellos años, marcados por la escasez y la rigidez moral, el cabaret ofrecía una válvula de escape. En las grandes ciudades existían salas elegantes, con orquestas y bailarinas profesionales, pero lejos de los centros urbanos, en los pueblos y carreteras secundarias, surgía otra versión del espectáculo: los cabarets ambulantes.
Estos locales improvisados se instalaban en almacenes, salones de baile abandonados o barracones adaptados. Su público era mayoritariamente masculino: jornaleros, mozos del pueblo, trabajadores que buscaban una noche distinta entre humo, vino barato y mesas de madera gastada.
Las protagonistas de estos espectáculos eran mujeres jóvenes y con auténtico talento para el baile o el canto, pero atrapadas en un circuito laboral precario. Contratadas con promesas de actuar en teatros dignos, terminaban en locales donde la línea entre el arte y la explotación se desdibujaba.
Los camerinos, cuando existían, carecían de privacidad. Las artistas debían soportar la intromisión de grupos de hombres que se creían con derecho a entrar “porque el dueño lo permitía”.
Muchas veces, tras la función, se las obligaba a “alternar” con los clientes, aunque eso no figurara en ningún contrato. Y si protestaban, se enfrentaban a amenazas de boicot o a la pérdida del trabajo.
Para muchas, abandonar el cabaret no era una opción. Era su único medio de vida en una España donde las oportunidades para las mujeres eran escasas y la protección laboral, mínima.
La falta de regulación convertía estos espacios en tierra de nadie. No había inspecciones, ni supervisión sanitaria, ni presencia de autoridad. Los empresarios se beneficiaban de esta ausencia de control, y algunos agentes artísticos actuaban como intermediarios poco escrupulosos, firmando contratos engañosos que enviaban a las artistas a lugares que jamás habrían aceptado de haber conocido la verdad.
En este contexto, no era extraño que los cabarets ambulantes rozaran prácticas que hoy consideraríamos inaceptables: presiones, acoso, invitaciones forzadas y una vulnerabilidad extrema para mujeres que, en muchos casos, eran menores de edad.
Con el paso del tiempo, la imagen del cabaret ha quedado envuelta en un halo romántico: plumas, lentejuelas, música y libertad. Pero la realidad de aquellos años fue mucho más compleja. Hubo salas donde el arte floreció, donde bailarinas y cupletistas construyeron carreras admirables. Y hubo otras donde la precariedad y el abuso eran la norma.
Recordar esa historia sin idealizarla es una forma de reconocer a las mujeres que, con talento o simplemente con necesidad, recorrieron pueblos y ciudades ofreciendo su trabajo en condiciones que hoy nos resultarían intolerables.
Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.