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sábado, 28 de febrero de 2026

Juan de la Cierva y el nacimiento del autogiro

 A comienzos del siglo XX, cuando la aviación apenas daba sus primeros pasos, un joven ingeniero murciano llamado Juan de la Cierva se propuso resolver un problema que los pioneros del vuelo aceptaban resignados: la fragilidad del aeroplano. Su obsesión era crear una máquina que pudiera volar con seguridad, incluso a velocidades muy bajas, y que no dependiera de grandes extensiones de terreno para despegar o aterrizar.

Entre 1911 y 1918, De la Cierva construyó tres aeroplanos. El último, un trimotor de diseño avanzado, se estrelló por un error de pilotaje. Aquel accidente, lejos de desanimarlo, le reveló algo esencial: el avión tradicional era demasiado vulnerable a la pérdida de velocidad. La barrena, ese enemigo mortal de los pilotos, era consecuencia directa de la propia naturaleza del aeroplano.

De la Cierva decidió entonces buscar un camino distinto. Si las alas fijas eran el problema, ¿por qué no imaginar unas alas que se moviesen por sí mismas?

La idea era audaz: un rotor cuyas aspas giraran libremente, impulsadas por el aire, generando sustentación incluso sin velocidad horizontal. El aparato no sería un helicóptero,todavía inexistente, sino una aeronave híbrida capaz de volar como un avión, pero con la seguridad de un paracaídas permanente.

Entre 1920 y 1924 construyó cuatro modelos experimentales. Los tres primeros fracasaron por un motivo que él mismo reconocería después: las aspas rígidas no permitían la flexibilidad necesaria. El cuarto, el C‑6, ya con aspas articuladas, logró por fin elevarse con éxito. El piloto Loriga lo llevó de Cuatro Vientos a Getafe, demostrando que el invento funcionaba.

En 1925, el Ministerio del Aire británico lo invitó a continuar sus investigaciones en Londres. Allí se creó una compañía dedicada al desarrollo del autogiro, y en 1928 De la Cierva realizó la travesía del Canal de la Mancha, un hito que consolidó la viabilidad del aparato.

A finales de los años veinte, el autogiro había alcanzado su forma definitiva: despegaba en apenas diez metros, aterrizaba prácticamente en vertical y podía volar a velocidades muy bajas sin riesgo de pérdida.

En 1933, De la Cierva veía en su invento una revolución comparable a la del automóvil frente al ferrocarril. El avión, decía, necesita aeródromos igual que el tren necesita estaciones. El autogiro, en cambio, podría operar desde casi cualquier lugar, acercando la aviación a la vida cotidiana. Aunque los ejércitos pronto se interesaron por su potencial, él insistía en que su propósito no era bélico. Su sueño era un cielo poblado por máquinas seguras, accesibles y manejadas con la misma naturalidad con la que millones de personas conducían un coche.

El autogiro no sustituyó al avión, pero sí abrió la puerta al desarrollo del helicóptero moderno. Su principio de rotor articulado sigue siendo fundamental en la aeronáutica actual.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.




viernes, 20 de febrero de 2026

Amor a lo Mussolini : cuando casarse en masa salía con premio

 La Marcha sobre Roma fue la movilización organizada por los fascistas italianos del  27 al 29 de octubre de 1922, cuando miles de camisas negras avanzaron hacia la capital para presionar al rey Víctor Manuel III y forzar la llegada de Benito Mussolini al poder; ante la debilidad del gobierno y el temor a una guerra civil, el rey cedió y nombró a Mussolini primer ministro, convirtiendo aquella demostración de fuerza en el inicio oficial de la dictadura fascista en Italia.

820 parejas se casaron el 28 de octubre de 1933 en la misma iglesia en Roma para conmemorar el aniversario de la fascista “Marcha sobre Roma”. Todo ello con el fin de cobrar la gratificación de varios centenares de liras que el Gobierno italiano ofrecía a quienes contrajeran matrimonio en esa fecha.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.



Los cabarets ambulantes de principios de siglo XX: luces débiles, sombras profundas

En aquellos años, marcados por la escasez y la rigidez moral, el cabaret ofrecía una válvula de escape. En las grandes ciudades existían salas elegantes, con orquestas y bailarinas profesionales, pero lejos de los centros urbanos, en los pueblos y carreteras secundarias, surgía otra versión del espectáculo: los cabarets ambulantes.

Estos locales improvisados se instalaban en almacenes, salones de baile abandonados o barracones adaptados. Su público era mayoritariamente masculino: jornaleros, mozos del pueblo, trabajadores que buscaban una noche distinta entre humo, vino barato y mesas de madera gastada.

Las protagonistas de estos espectáculos eran mujeres jóvenes y con auténtico talento para el baile o el canto, pero atrapadas en un circuito laboral precario. Contratadas con promesas de actuar en teatros dignos, terminaban en locales donde la línea entre el arte y la explotación se desdibujaba.

Los camerinos, cuando existían, carecían de privacidad. Las artistas debían soportar la intromisión de grupos de hombres que se creían con derecho a entrar “porque el dueño lo permitía”. Muchas veces, tras la función, se las obligaba a “alternar” con los clientes, aunque eso no figurara en ningún contrato. Y si protestaban, se enfrentaban a amenazas de boicot o a la pérdida del trabajo.

Para muchas, abandonar el cabaret no era una opción. Era su único medio de vida en una España donde las oportunidades para las mujeres eran escasas y la protección laboral, mínima.

La falta de regulación convertía estos espacios en tierra de nadie. No había inspecciones, ni supervisión sanitaria, ni presencia de autoridad. Los empresarios se beneficiaban de esta ausencia de control, y algunos agentes artísticos actuaban como intermediarios poco escrupulosos, firmando contratos engañosos que enviaban a las artistas a lugares que jamás habrían aceptado de haber conocido la verdad.

En este contexto, no era extraño que los cabarets ambulantes rozaran prácticas que hoy consideraríamos inaceptables: presiones, acoso, invitaciones forzadas y una vulnerabilidad extrema para mujeres que, en muchos casos, eran menores de edad.

Con el paso del tiempo, la imagen del cabaret ha quedado envuelta en un halo romántico: plumas, lentejuelas, música y libertad. Pero la realidad de aquellos años fue mucho más compleja. Hubo salas donde el arte floreció, donde bailarinas y cupletistas construyeron carreras admirables. Y hubo otras donde la precariedad y el abuso eran la norma.

Recordar esa historia sin idealizarla es una forma de reconocer a las mujeres que, con talento o simplemente con necesidad, recorrieron pueblos y ciudades ofreciendo su trabajo en condiciones que hoy nos resultarían intolerables.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.


viernes, 13 de febrero de 2026

La bola que marcaba el mediodía. El Reloj de la Puerta del Sol en 1933

Entre los muchos rituales que dieron forma a la vida cotidiana del Madrid del siglo XX, pocos fueron tan visibles como el descenso diario de la bola del Ministerio de la Gobernación. Para generaciones de madrileños, aquella esfera metálica que caía a mediodía era una referencia absoluta: marcaba el ritmo de la ciudad, ordenaba el tráfico, sincronizaba relojes y, en Nochevieja, se convertía en protagonista nacional. Sin embargo, detrás de ese gesto tan familiar se escondía un mecanismo sorprendente y una historia que hoy merece ser recuperada.

La bola no era un simple adorno ni la pesa del reloj, como se creía popularmente. En realidad, era el verdadero corazón del sistema horario. Conectada directamente con el Observatorio Astronómico, la bola descendía exactamente cuando los astrónomos enviaban la señal oficial del mediodía. El reloj de la torre, por robusto que fuera, se ajustaba a ese instante. La precisión no dependía de engranajes, sino de una coordinación científica que convertía a la bola en la auténtica dueña del tiempo.

José Rodríguez era el encargado del reloj en 1933. Su oficio, mezcla de técnica y dedicación, consistía en dar cuerda a la maquinaria dos veces por semana y vigilar que todo funcionara con la exactitud de un organismo vivo. Rodríguez conocía cada sonido del mecanismo, cada vibración de las campanas y cada capricho del reloj.

Tras subir por escaleras estrechas y sortear cables y vigas, se llegaba al templete donde colgaban las campanas y la bola. Desde allí, Madrid se extendía como un mosaico de tejados, chimeneas y gatos sorprendidos. A mediodía, la ciudad entera parecía detenerse: vendedores ambulantes, transeúntes y conductores levantaban la vista, esperando el repique que confirmaba la hora exacta. Un micrófono instalado al pie de la torre transmitía el sonido a toda España, convirtiendo aquel gesto mecánico en un acto colectivo.

El mecanismo era sencillo pero impecable. Minutos antes de las doce del mediodía, el Observatorio enviaba una señal de aviso. A la hora exacta, llegaba la señal definitiva. El empleado de la torre accionaba un pequeño dispositivo independiente del reloj, liberando la bola, que descendía por gravedad mientras las campanas repicaban. Era un instante breve, pero cargado de significado: el país entero ajustaba su tiempo a ese movimiento.

Hoy, en una era dominada por relojes digitales y sincronización automática, cuesta imaginar la importancia simbólica de aquella bola metálica. La bola del Ministerio de la Gobernación no solo marcaba el mediodía: marcaba la vida.

Imágenes: Biblioteca Nacional de España.






domingo, 8 de febrero de 2026

La tragedia de Gloria Martínez: cuando la búsqueda de belleza terminó en desfiguración

En  1933,  Gloria Martínez, una joven odontóloga madrileña marcada por las viruelas desde niña, decidió someterse a una operación de cirugía estética después de que un cirujano le prometiera que en un mes su piel quedaría “como nueva”.

El tratamiento fue extremadamente agresivo: le inyectaron sustancias en el vientre, le hicieron análisis constantes, le cortaron el pelo, le realizaron varias incisiones en la cara, introdujeron tijeras bajo la piel para cortarla y la sometieron a aplicaciones de una especie de “nieve” que le provocaba ampollas al contacto. A pesar del dolor y de las promesas, su rostro no mejoró; al contrario, quedó gravemente desfigurado, con cicatrices profundas, costras y zonas sin cabello. 

Al descubrir que otros pacientes tampoco habían sido curados, Gloria y su familia denunciaron el caso ante la justicia. Su historia se convirtió en un ejemplo trágico de los riesgos de buscar belleza mediante procedimientos irresponsables y mal practicados.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.

domingo, 25 de enero de 2026

El Madrid F.C. afrontó una crisis interna en vísperas de la temporada de 1933

 El Madrid F.C. vivió en 1933 una etapa de incertidumbre tras la derrota en la final de Montjuïc. Aquella caída provocó la ruptura de la unanimidad dentro de la Junta Directiva, encabezada por Valero Rivera y Santiago Bernabéu, quienes desde entonces se consideraron en funciones y reclamaron la celebración urgente de una asamblea para devolver al club una dirección estable antes del inicio de la nueva campaña.

Bernabéu defendió entonces la importancia de la disciplina y de la renovación progresiva del equipo, recordando que la formación de un conjunto competitivo requería tiempo y que la afición debía aceptar que no siempre se podía ganar. El club intentó fomentar la presencia de jugadores madrileños, aunque la presión del público obligó a seguir recurriendo a fichajes de provincias, más costosos pero necesarios para mantener el nivel.

En el plano económico, la directiva reveló que el equipo generaba más de un millón de pesetas en ingresos anuales, pero también soportaba una nómina elevada y primas cuantiosas. La situación del campo de Chamartín añadió preocupación, ante el riesgo de una posible expropiación y la desproporción entre el valor real del terreno y la indemnización prevista.

Pese a las tensiones, el club incorporó nuevos valores —como el guardameta Campos, suplente de Zamora— y confió en que la Mancomunidad Castellana-Sur siguiera atrayendo al público madrileño. El Madrid F.C. cerró así un periodo de transición en el que buscó estabilidad institucional y solidez deportiva para afrontar con garantías la temporada que se avecinaba.


Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.


sábado, 10 de enero de 2026

La lucha silenciosa de la Brigada Especial de Madrid, en 1933, contra el tráfico de estupefacientes

 En la España de 1933, el tráfico de estupefacientes era reducido pero constante, moviéndose sobre todo en ambientes bohemios y en ciertos círculos de la alta sociedad. Las drogas más comunes, morfina y cocaína,  procedían de farmacias, boticas o pequeños contrabandistas que viajaban al extranjero. La Policía, con recursos limitados, combatía este comercio mediante infiltraciones y una red de confidentes en cafés, cabarets y salones de té.  La vigilancia se centraba en impedir que el problema creciera y en identificar a quienes obtenían beneficios del tráfico clandestino. A pesar de su discreción, esta lucha implicaba riesgos y tensiones, especialmente en ciudades como Madrid y Barcelona.

En 1933, en Madrid, la Brigada Especial española, encargada de combatir el tráfico de drogas, desarrolló un caso menor en apariencia pero revelador por las circunstancias y los personajes implicados. Todo comenzó cuando los agentes recibieron la noticia de que un joven de familia aristocrática y un amigo suyo intentaban vender varios gramos de cocaína. Ambos frecuentaban ambientes ya vigilados por la Policía, lo que llevó a organizar un operativo discreto.

Durante varios días, el agente infiltrado «A.5» se movió entre tés de moda y cabarets de la calle Alcalá, hasta ganarse la confianza de los sospechosos. Estos le ofrecieron tres sobres de cocaína, diez gramos cada uno, a 25 pesetas el gramo. Acordaron cerrar la operación en un café céntrico, donde el agente entregaría el dinero convenido.

La detención se produjo al día siguiente. A los jóvenes se les incautaron, además de la cocaína, varias ampollas de morfina y pantopón, un medicamento opiáceo muy utilizado en Europa a comienzos del siglo XX. El principal detenido explicó que había acompañado a un grupo de misses europeas hasta Estoril y que, durante el viaje, una de ellas comentó que le gustaría probar morfina. En el Palace de Estoril conoció a un individuo que le indicó dónde adquirirla en Lisboa. Allí viajó, recogió la droga y regresó a Madrid, donde su amigo le propuso venderla para obtener algo de dinero.

Este episodio ilustraba las dificultades de la Brigada Especial, que trabajaba en un terreno plagado de obstáculos: traficantes con recursos, locales donde se toleraban actividades sospechosas y una red de consumidores dispuestos a ocultar su adicción. La Policía trataba de mantener el control sobre los estupefacientes que circulaban en Madrid, gracias a una extensa red de confidentes formada por camareros, limpiabotas, artistas de cabaret y empleados de locales nocturnos.

La labor de la Brigada no se centraba en detener a consumidores ocasionales, sino en desarticular redes y capturar a traficantes peligrosos. No era raro que los agentes se enfrentaran a situaciones violentas, como ocurrió en Barcelona, donde se ofreció una recompensa por “liquidar” al jefe de la Brigada local. A pesar de los riesgos y de los escasos medios, la Brigada Especial continuaba su lucha diaria, silenciosa y persistente, contra un comercio clandestino.

Imagen Biblioteca Nacional de España, 19833.


jueves, 1 de enero de 2026

Hildegart Rodríguez: asesinato por eugenesia

Hildegart Rodríguez (1914-1933) fue una de las figuras más precoces y brillantes  de la Segunda República. Escritora, periodista y activista política, su vida estuvo marcada desde el origen por el proyecto ideológico de su madre, Aurora Rodríguez Carballeira, firme defensora de la eugenesia, que la concibió con el propósito de crear a la “mujer del futuro”.

Niña prodigio, Hildegart sabía escribir a los tres años, hablaba seis idiomas a los ocho y terminó el bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros. A los diecisiete años finalizó la carrera de Derecho en la Universidad Central de Madrid. Militó primero en el PSOE y después en el Partido Republicano Federal, fue miembro de la Academia de Jurisprudencia y Legislación y colaboró en numerosos periódicos y revistas como El Socialista, Heraldo de Madrid, La Libertad o La Tierra.

Destacó especialmente por su defensa pionera del feminismo y la educación sexual. En ensayos como El problema eugénico, La rebeldía sexual de la juventud o La educación sexual, abordó temas como el control de la natalidad, el divorcio, la maternidad consciente y la salud sexual, con una visión avanzada y conectada con los debates internacionales. Mantuvo correspondencia con intelectuales como H. G. Wells, Havelock Ellis y el doctor Gregorio Marañón, que influyeron en su pensamiento.

Sin embargo, tras esa trayectoria fulgurante se ocultaba una realidad de control absoluto. Su madre vigiló cada aspecto de su vida, impidiéndole cualquier autonomía personal. Cuando Hildegart intentó emanciparse y vivir con libertad, Aurora interpretó ese gesto como una traición a su proyecto. El 9 de junio de 1933, con solo 19 años, Hildegart fue asesinada por su madre mientras dormía.

En el juicio por parricidio, Aurora Rodríguez confesó el crimen y negó haber actuado bajo perturbación mental. Fue condenada a 26 años de prisión y murió en el sanatorio psiquiátrico de Ciempozuelos en 1955. El caso conmocionó a la sociedad española y contó con testimonios de figuras como Clara Campoamor.

Imagen: Biblioteca Nacional de España.


domingo, 21 de diciembre de 2025

Madrid ante el desnudo: crónica de un estreno inesperado (1933)

Madrid había vivido en aquellos días un espectáculo que, hasta poco antes, habría parecido imposible. En pleno corazón de la capital, en una de sus salas más concurridas, se proyectó una película alemana de desnudismo, presentada como obra higienista y avalada por instituciones culturales del país germano. El acontecimiento despertó en la ciudad una mezcla de curiosidad, recelo y expectación que llenó la sala desde la primera sesión.

La capital española, tan celosa de sus pudores tradicionales, había sido durante décadas escenario de una moral vigilante. No hacía mucho que el madrileño se conformaba con adivinar un tobillo femenino al vuelo de una falda o con buscar, desde el ruedo, la pierna de la espectadora que subía a su asiento en la plaza de toros.

Aquel día, la sala estuvo repleta de hombres y mujeres de todas las clases sociales: parejas jóvenes, familias, curiosos solitarios, público culto y público popular. Reinaba un silencio expectante, como si todos aguardaran la reacción del vecino más que la película misma. Tras un breve prólogo de muñecos animados, comenzó la cinta alemana, que mostraba primero a niños desnudos en revisiones médicas y juegos al aire libre. La naturalidad de estas escenas no provocó sobresalto alguno.

La película avanzó después hacia edades mayores: adolescentes, jóvenes y adultos viviendo en plena naturaleza, practicando ejercicios físicos, bañándose en ríos, trabajando o descansando sin más vestidura que la luz del sol. El director había introducido el desnudo de manera gradual, alternándolo con imágenes de viviendas oscuras, talleres y minas, donde la falta de aire y de luz contrastaba con la vitalidad de los cuerpos libres en el campo.

Según las crónicas de aquel día, no se escucharon risas nerviosas, ni exclamaciones, ni los murmullos que solían acompañar un beso prolongado en las películas de Greta Garbo o Marlene Dietrich.

Imagen: Biblioteca Nacional de España.



Ramón y Cajal a los 81 años: el sabio en su retiro

Santiago Ramón y Cajal, ya ilustre y venerado, accedía a una entrevista al periodista Juan López en mayo de 1933, cuando el gran humanista español cumplía ochenta y un años. Su aniversario ofrecía la ocasión perfecta para acercarse de nuevo a su obra y a su persona, y para recoger unas confidencias que el maestro, con una amabilidad sorprendente, había accedido a compartir. El periodista destacaba la modestia del maestro.

Cajal explicaba que, desde hacía al menos una década, cuando comenzó a sentir el peso de la vejez, evitaba las entrevistas, las tertulias y cualquier acto social. Rehuía teatros, cines, academias y cafés, y esa retirada voluntaria le había valido la fama de hombre huraño y adusto. Sin embargo, él mismo aclaraba que no siempre había sido así: hasta los sesenta y ocho años había sido un conversador incansable, un compañero afable y campechano en los cafés madrileños. ¿Qué había ocurrido para que aquel tertuliano infatigable se transformara en un solitario aparentemente misántropo?

La respuesta era sencilla y dolorosa. Cajal confesaba que padecía problemas de sordera, a ello se sumaba una arterioesclerosis creciente, que le provocaba cefaleas e insomnios cada vez que se veía obligado a sostener una conversación que exigiera atención. Por esa razón, prefería retirarse antes que ofrecer a sus amigos el espectáculo de su deterioro físico.

A pesar de todo, el sabio continuaba trabajando con disciplina. Pasaba la mayor parte del tiempo en el sótano de su casa, donde mantenía la temperatura entre quince y veintidós grados para evitar molestias. Allí dibujaba, escribía y, sobre todo, leía. Confesaba que poseía más de diez mil volúmenes, muchos de los cuales no había podido abrir aún. La vida , decía con melancolía, era demasiado corta y frágil para abarcar siquiera una mínima parte de lo escrito. Recordaba también sus propias palabras en una obra que él mismo calificaba de frívola: la tragedia de llegar a los setenta y cinco u ochenta años sin haber leído ni la milésima parte de lo que merecía ser leído. Para él, la lectura seguía siendo el último gran deleite concedido a los viejos.

Cajal vigilaba de cerca la reedición de sus obras y no dudaba en reescribirlas cuando lo consideraba necesario. Una de ellas, Reglas y consejos sobre la investigación biológica, la consideraba uno de sus pocos éxitos editoriales, debido al espíritu animador y patriótico que impregnaba el libro. Sin embargo, lamentaba que la parte dedicada al atraso científico de España apenas hubiese sido leída.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.


miércoles, 17 de diciembre de 2025

Entre la crisis y el cierre: la presión empresarial sevillana en Madrid de 1933

 En mayo de 1933, Sevilla vivía una de las etapas más tensas de su historia contemporánea. La ciudad, motor agrícola e industrial de Andalucía, se encontraba atrapada entre la crisis económica internacional, la conflictividad laboral creciente y un clima político cada vez más polarizado. Las huelgas, los enfrentamientos entre sindicatos y patronos, y la sensación de inseguridad en las calles alimentaban la percepción de que el orden público se desmoronaba.

En este contexto, la Federación Económica de Andalucía (FEDA), presidida por el industrial sevillano Marcelino Bonet, decidió dar un paso. Tras enviar al Gobierno un informe detallado sobre la situación, las organizaciones empresariales de Sevilla optaron por una acción colectiva de presión: viajar a Madrid para exponer directamente sus demandas.

La movilización fue masiva. Dos trenes especiales y una larga caravana de automóviles trasladaron a la capital a cerca de dos mil representantes de la industria, el comercio y la agricultura sevillanas. Aquella llegada nocturna a Madrid, en plena primavera, tuvo un fuerte impacto simbólico: Sevilla se presentaba ante el poder central como una ciudad que reclamaba auxilio.

Tras un acto público en el Círculo de la Unión Mercantil, la delegación, encabezada por Bonet, fue recibida por el presidente del Gobierno, Manuel Azaña. Allí entregaron un documento con sus conclusiones y exigencias. Pedían, sobre todo, la restauración del orden público y la garantía de la libertad de trabajo, que consideraban amenazada por la violencia y la coacción. Reclamaban también reformas en los Jurados Mixtos, el cumplimiento estricto de la ley de Asociaciones por parte de los sindicatos, medidas económicas para proteger la producción agrícola y la reactivación de obras públicas para combatir el paro.

La entrevista con Azaña fue, según Bonet, cordial y prometedora. El Gobierno aseguró que estudiaría las propuestas y enviaría a Sevilla un gobernador capaz de afrontar la situación con autoridad. Sin embargo, los empresarios dejaron clara su posición: si las promesas no se cumplían, estaban dispuestos a recurrir al cierre colectivo de sus industrias, una medida extrema que buscaba subrayar la gravedad del momento.

Estos hechos reflejan la tensión social y económica que atravesaba España en los años previos a la Guerra Civil. Sevilla, como otras ciudades, se convirtió en escenario de un conflicto más amplio entre modelos de sociedad, intereses económicos y proyectos políticos enfrentados.


Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.



martes, 2 de diciembre de 2025

La Escuela de Arquitectura devastada por los aparejadores

 En marzo de 1933, la Escuela de Arquitectura amaneció como si un vendaval la hubiera barrido. Bancos y pupitres estaban convertidos en astillas, las puertas aparecían destrozadas, los cristales hechos añicos y los muebles apilados en desorden. Desde las ventanas que daban al patio del Instituto del Cardenal Cisneros, los alumnos de aparejadores habían arrojado mesas y artefactos de trabajo, dejando varias salas completamente devastadas.

El archivo de diapositivas, que contenía fotografías en cristal de los principales monumentos arquitectónicos del mundo, quedó reducido a un montón de fragmentos irreparables. Algunas placas databan de cincuenta años atrás y ya no podían reproducirse, pues muchos de los monumentos originales habían desaparecido. La biblioteca, sin embargo, fue respetada.

El director de la Escuela, López Otero, se mostró profundamente afectado y evitó declaraciones para no agravar el estado pasional del conflicto. El arquitecto Teodoro Anasagasti explicó que se trataba de un viejo pleito de atribuciones profesionales entre arquitectos y aparejadores. Reconoció que la carrera de aparejador tenía gran porvenir y cumplía una misión importante como intermediaria entre el técnico y el obrero, aunque consideró que algunas de sus demandas estaban mal planteadas.

Por su parte, los alumnos aparejadores, representados por Félix Estrada y Alfredo Carrión, lamentaron los sucesos pero señalaron que los ánimos estaban muy excitados por las continuas desatenciones que sufrían. Recordaron que en el Congreso existía un proyecto de ley que ya había sido votado y que otorgaba a los aparejadores nuevas atribuciones: la intervención obligatoria en todas las obras, la posibilidad de proyectar construcciones de hasta treinta mil pesetas y la equiparación de honorarios con los arquitectos en determinados casos.

El enfrentamiento había estallado en violencia y dejado tras de sí una escuela devastada y un archivo gráfico irrecuperable. La esperanza de los aparejadores era que la aprobación definitiva de la ley pusiera fin a una pugna que llevaba años enfrentando a dos profesiones llamadas a colaborar en la construcción del país.

Imagen: Biblioteca Nacional de España.


miércoles, 26 de noviembre de 2025

El taxista que devolvió dos millones de pesetas

 En 1933, Madrid se conmovió con un suceso insólito. El taxista Francisco Angulo del Coso, joven de 28 años, encontró en su taxi un maletín olvidado por dos pasajeras filipinas. Dentro se guardaba una fortuna: dos millones de pesetas en billetes y joyas.

El hallazgo ocurrió una mañana, después de que las viajeras descendieran del coche en la zona de Moncloa. Al revisar el vehículo antes de encerrar, Angulo descubrió el maletín y, al abrirlo, se encontró con la inesperada riqueza. Sin embargo, lejos de dejarse tentar, lo devolvió de inmediato. Más tarde confesó que los minutos que tuvo en su poder aquel maletín le parecieron siglos.

La honradez de Francisco contrastaba con su propia situación: en aquel momento apenas disponía de cuatro pesetas con treinta céntimos para “toda la vida”. No era la primera vez que demostraba desprendimiento. Meses antes había devuelto un reloj de oro valorado en mil pesetas, sin recibir siquiera las gracias. En esta ocasión, los propietarios del maletín recompensaron su gesto con apenas doscientas pesetas, lo que muchos consideraron mezquino frente a la magnitud de la fortuna recuperada.

Angulo vivía en una modesta casa de vecinos de la calle Narváez. Natural de Belmonte, Cuenca, llevaba once años trabajando como taxista en Madrid. Soltero y sin novia, confesaba que le daba miedo casarse: “Si apenas gano lo suficiente para vivir, ¿cómo formar una familia?”. Describía las duras noches de trabajo, con frío, hielo y largas horas de espera, que le hacían sentir como si pudiera congelarse en el asiento del coche.

La prensa, el Patronato Nacional de Turismo y el Ayuntamiento quisieron reconocer públicamente su acción, elevando su nombre como ejemplo de honradez en tiempos difíciles. Ángulo, humilde, aseguraba que no buscaba riquezas ni fortuna: “Prefiero tener tranquila mi conciencia. Me basta con el cariño de mis vecinos”.


Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.


viernes, 21 de noviembre de 2025

Rafaelito Bienvenida, la joven promesa del toreo de 16 años, asesinado

 La ciudad de Sevilla se vio sacudida por un suceso trágico en la casa del extorero Ignacio Sánchez Mejías. Rafaelito Bienvenida, joven torero de apenas 16 años y miembro de una de las familias más célebres de la tauromaquia, fue asesinado por Antonio Fernández Gallego, administrador de las finanzas de sus hermanos.

El crimen ocurrió tras una breve discusión entre ambos, mientras se encontraban solos en un gabinete de la vivienda. Fernández disparó dos veces contra el muchacho —en la cabeza y en el corazón— y, acto seguido, se quitó la vida. El único testigo, Joselito Sánchez Gómez, hijo de Sánchez Mejías, no pudo intervenir a tiempo.

Las causas del enfrentamiento nunca quedaron claras, aunque se especuló con tensiones relacionadas con la gestión económica de la familia Bienvenida. La muerte del joven torero, considerado una promesa en los ruedos, provocó un multitudinario duelo en Sevilla, donde su figura adquirió un carácter simbólico: la víctima de un destino trágico que truncó la continuidad de una estirpe taurina.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.


El maletín olvidado con dos millones de pesetas y el gesto ejemplar de Francisco Angulo

 El taxista madrileño Francisco Angulo encontró un maletín olvidado en su coche por unos viajeros filipinos, que contenía más de dos millones de pesetas en dinero, joyas y cartas de crédito. En un gesto ejemplar de honradez, lo devolvió inmediatamente al hotel donde se alojaban. Sin embargo, los acaudalados pasajeros le recompensaron con apenas doscientas pesetas. El acto fue reconocido públicamente, pero la verdadera recompensa fue su integridad.

Imagen: Biblioteca Nacional de  España, 1933.


lunes, 17 de noviembre de 2025

El Monte de Piedad

 El Monte de Piedad fue una institución benéfica creada para ofrecer préstamos a las personas más necesitadas a cambio de empeñar objetos de valor. Su origen se remonta a Italia en el siglo XV, cuando frailes franciscanos, encabezados por Bernardino de Feltre, impulsaron este sistema como una alternativa justa frente a la usura. La idea se expandió por Europa y llegó a España en 1702, de la mano del padre Francisco Piquer, quien fundó el primer Monte de Piedad en Madrid. Desde entonces, se convirtió en un refugio para las clases humildes y en el germen de lo que más tarde serían las cajas de ahorro.

La finalidad del Monte de Piedad era clara: ofrecer crédito rápido y accesible a quienes no podían acudir a los bancos, evitando que cayeran en manos de prestamistas que cobraban intereses abusivos. Más que un negocio, se trataba de una obra de caridad que buscaba preservar la dignidad de las familias, permitiéndoles recuperar sus objetos una vez saldada la deuda. Durante siglos, estas instituciones fueron parte esencial de la vida popular, especialmente en tiempos de crisis.

Un ejemplo ilustrativo de su función social lo encontramos en un artículo periodístico de 1933, que relataba la situación de miles de mujeres que habían empeñado sus máquinas de coser en el Monte de Piedad. Se contabilizaban más de tres mil máquinas guardadas en sus sótanos, cada una representando un drama familiar. Para muchas madres, esposas e hijas, la máquina de coser era el único medio de subsistencia, el instrumento con el que podían ganar un jornal y alimentar a sus familias. Al empeñarlas, quedaban privadas de su trabajo y caían en la miseria.

Ante esta realidad, el Consejo de Administración del Monte adoptó una medida ejemplar: habilitó talleres en sus sucursales para que las mujeres pudieran seguir trabajando en sus propias máquinas, aunque estuvieran empeñadas. Estos locales estaban calefaccionados, contaban con personal para reparar averías y ofrecían incluso cunas para madres con bebés lactantes. De esta manera, las obreras podían continuar cosiendo y obteniendo ingresos, preservando su dignidad y evitando que la pobreza las arrastrara aún más.

Con el paso del tiempo, los Montes de Piedad se fusionaron con las cajas de ahorro, pero tras la crisis financiera de 2008 y las reformas posteriores, estas desaparecieron como instituciones independientes. 

Biblioteca Nacional de España, 1933.

 

domingo, 2 de noviembre de 2025

El estreno del nuevo Pabellón de Filosofía y Letras (enero de 1933)

 La mañana del 10 de enero de 1933 amaneció blanca y serena en Madrid. Tras una noche de nieve, la Plaza de la Moncloa se presentó vacía y silenciosa. Pero esa calma pronto se rompió con la llegada de los estudiantes, que se agrupaban junto al primer autobús, como si se tratara de una excursión a la Sierra. La Ciudad Universitaria, aun en construcción, se preparaba para recibir por primera vez a sus alumnos en el flamante Pabellón de Filosofía y Letras.

El nuevo edificio, cuadrado y rojo, brillaba con sus cien ventanas. A su lado, otros pabellones aún mostraban sus esqueletos de cemento entre andamios y aire frío. Jóvenes con chaquetas deportivas, suéteres de colores y calzado suizo caminaban con entusiasmo hacia sus clases. Algunos se preguntaban si habría clase, si habían traído los cuadernos, si las horas habían cambiado. Otros simplemente se dejaban llevar por la emoción del reencuentro tras las vacaciones.

Los autobuses se vaciaron y los pasillos del pabellón se llenaron de voces y risas. La búsqueda de aulas en aquel laberinto, con galerías luminosas y planos en las carteleras, era parte del ritual. El olor a pintura fresca, a madera nueva, y el brillo de los cristales y barnices daban la bienvenida a una nueva etapa académica. “Lo difícil que va a ser aprobar aquí”, exclamó uno, impresionado por la modernidad del entorno.

 Era el inicio de una nueva vida universitaria, que dejaba atrás los claustros grises, las galerías yertas y el jardín sombrío de la antigua Universidad.

Imagen : Biblioteca Nacional de España, 1933.


El señor Bermúdez

 El señor Bermúdez, a simple vista, parecía un hombre común: funcionario público, de aspecto modesto y voz corriente. Sin embargo, ocultaba un talento extraordinario y único: la capacidad de imitar con asombrosa precisión los sonidos de diversos animales. Esta habilidad lo convirtió en un artista insólito y respetado dentro del mundo del espectáculo.

Su carrera comenzó en Cartagena, alrededor de 1900, cuando durante una representación de La Tempranica improvisó el llanto de un bebé con tanto realismo que fue contratado para especializarse en imitaciones animales. Desde entonces, su fama creció, y fue reconocido por sus imitaciones del burro, la vaca, el cerdo, el gallo, el loro, el jabalí e incluso objetos como el fonógrafo y el teléfono.

Bermúdez destacaba no solo por su talento, sino por su seriedad y dedicación al arte de la imitación. Era capaz de diferenciar, por ejemplo, el rebuzno de un burro macho del de una burra, y lo demostraba con gestos y sonidos que dejaban atónito a su público. Su repertorio incluía anécdotas memorables, como cuando imitó a un perro en una pensión y fue confundido con un animal real, provocando la indignación de la dueña.

Durante más de dos décadas trabajó junto a Chicote, interpretando papeles insólitos en obras de autores como Arniches, Paso y Muñoz Seca. Su presencia en escena provocaba risas, asombro y ovaciones memorables.

Aunque usaba un simple cucurucho de cartulina como recurso escénico, su talento no dependía de artificios. Con humor y humildad, defendía que incluso la naturaleza intentaba imitarlo a él. Su tarjeta de visita, tan original como su arte, era un símbolo de su identidad intransferible como el gran imitador zoológico que fue.


Imágenes: Biblioteca Nacional de España, 1933.


sábado, 1 de noviembre de 2025

La intentona revolucionaria en Sevilla en el 8 de enero de 1933

Durante los graves disturbios ocurridos en Sevilla el 8 de enero de 1933, las fuerzas del orden sostuvieron intensos tiroteos con grupos de revolucionarios anarcosindicalistas que intentaron sembrar el caos en distintos puntos de la ciudad, como parte de la insurrección anarquista promovida por la CNT-FAI.

En la calle de la Universidad, el agente señor Oliva resultó herido durante el enfrentamiento entre la Policía y los insurgentes. En diversas calles sevillanas, los extremistas colocaron bombas en los motores de varios camiones, destruyendo los vehículos y provocando el pánico entre los vecinos.

La vendedora de naranjas Mercedes Lanceda Torres fue alcanzada por disparos en las cercanías de la Universidad, mientras que el guarda nocturno Alfonso Leal Bravo, que intentó impedir que los revoltosos incendiaran los almacenes de Abascal en la calle Francos, resultó gravemente herido.

Las fotografías de la jornada muestran la magnitud de los daños y la violencia de los enfrentamientos, reflejo de una trágica intentona revolucionaria que formó parte del movimiento insurreccional anarquista del 8 de enero de 1933, finalmente sofocado por las fuerzas del orden, que lograron restablecer la calma en la capital andaluza.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933


¿Se ha cansado el público de leer novelas? Entrevista a Pio Baroja en 1933.

 En una entrevista sobre la crisis de la novela en España realizada en enero de  1933, el escritor Pío Baroja ofreció una visión crítica y desencantada. Según él, el país había estado siempre en crisis literaria: nunca se vendieron grandes cantidades de libros, y las cifras que se manejaban , como cientos de miles de ejemplares,  le parecían exageradas e inverosímiles. Baroja sostenía que si esas cifras fueran reales, uno tropezaría con esos libros en cada rincón del hogar.

Para Baroja, la lectura no era una costumbre arraigada en España. Ni siquiera obras clásicas como El Quijote se leían con frecuencia. De hecho, desconfiaba de quienes afirmaban haberlo leído completo y aseguraban que les había gustado, especialmente si eran jóvenes. En su opinión, El Quijote podía ser muchas cosas, pero no una obra popular.

El escritor atribuía esta falta de hábito lector a factores culturales y climáticos. Creía que el exceso de sol en España desincentivaba la lectura, y que ni reformas educativas ni figuras como Fernando de los Ríos lograrían cambiar esa disposición. Aunque se implantó la jornada laboral de ocho horas, como sugería Ortega y Gasset, Baroja afirmaba que eso no se tradujo en un aumento de ventas de libros.

En cuanto al futuro, Baroja no se mostró optimista. Pensaba que el español podría volverse más culto, pero no necesariamente aficionado a la literatura. Tal vez leería ciencia, filosofía u otros géneros, pero no novelas. Además, consideraba que se vivía en una época impredecible, donde los hechos superaban la capacidad de previsión del ser humano. Por eso, no se atrevía a hacer pronósticos sobre lo que leería la gente en el futuro.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.