En la España de 1933, el tráfico de estupefacientes era reducido pero constante, moviéndose sobre todo en ambientes bohemios y en ciertos círculos de la alta sociedad. Las drogas más comunes, morfina y cocaína, procedían de farmacias, boticas o pequeños contrabandistas que viajaban al extranjero. La Policía, con recursos limitados, combatía este comercio mediante infiltraciones y una red de confidentes en cafés, cabarets y salones de té. La vigilancia se centraba en impedir que el problema creciera y en identificar a quienes obtenían beneficios del tráfico clandestino. A pesar de su discreción, esta lucha implicaba riesgos y tensiones, especialmente en ciudades como Madrid y Barcelona.
En 1933, en Madrid, la Brigada Especial española, encargada de combatir el tráfico de drogas, desarrolló un caso menor en apariencia pero revelador por las circunstancias y los personajes implicados. Todo comenzó cuando los agentes recibieron la noticia de que un joven de familia aristocrática y un amigo suyo intentaban vender varios gramos de cocaína. Ambos frecuentaban ambientes ya vigilados por la Policía, lo que llevó a organizar un operativo discreto.
Durante varios días, el agente infiltrado «A.5» se movió entre tés de moda y cabarets de la calle Alcalá, hasta ganarse la confianza de los sospechosos. Estos le ofrecieron tres sobres de cocaína, diez gramos cada uno, a 25 pesetas el gramo. Acordaron cerrar la operación en un café céntrico, donde el agente entregaría el dinero convenido.
La detención se produjo al día siguiente. A los jóvenes se les incautaron, además de la cocaína, varias ampollas de morfina y pantopón, un medicamento opiáceo muy utilizado en Europa a comienzos del siglo XX. El principal detenido explicó que había acompañado a un grupo de misses europeas hasta Estoril y que, durante el viaje, una de ellas comentó que le gustaría probar morfina. En el Palace de Estoril conoció a un individuo que le indicó dónde adquirirla en Lisboa. Allí viajó, recogió la droga y regresó a Madrid, donde su amigo le propuso venderla para obtener algo de dinero.
Este episodio ilustraba las dificultades de la Brigada Especial, que trabajaba en un terreno plagado de obstáculos: traficantes con recursos, locales donde se toleraban actividades sospechosas y una red de consumidores dispuestos a ocultar su adicción. La Policía trataba de mantener el control sobre los estupefacientes que circulaban en Madrid, gracias a una extensa red de confidentes formada por camareros, limpiabotas, artistas de cabaret y empleados de locales nocturnos.
La labor de la Brigada no se centraba en detener a consumidores ocasionales, sino en desarticular redes y capturar a traficantes peligrosos. No era raro que los agentes se enfrentaran a situaciones violentas, como ocurrió en Barcelona, donde se ofreció una recompensa por “liquidar” al jefe de la Brigada local. A pesar de los riesgos y de los escasos medios, la Brigada Especial continuaba su lucha diaria, silenciosa y persistente, contra un comercio clandestino.

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