sábado, 10 de enero de 2026

La lucha silenciosa de la Brigada Especial de Madrid, en 1933, contra el tráfico de estupefacientes

 En la España de 1933, el tráfico de estupefacientes era reducido pero constante, moviéndose sobre todo en ambientes bohemios y en ciertos círculos de la alta sociedad. Las drogas más comunes, morfina y cocaína,  procedían de farmacias, boticas o pequeños contrabandistas que viajaban al extranjero. La Policía, con recursos limitados, combatía este comercio mediante infiltraciones y una red de confidentes en cafés, cabarets y salones de té.  La vigilancia se centraba en impedir que el problema creciera y en identificar a quienes obtenían beneficios del tráfico clandestino. A pesar de su discreción, esta lucha implicaba riesgos y tensiones, especialmente en ciudades como Madrid y Barcelona.

En 1933, en Madrid, la Brigada Especial española, encargada de combatir el tráfico de drogas, desarrolló un caso menor en apariencia pero revelador por las circunstancias y los personajes implicados. Todo comenzó cuando los agentes recibieron la noticia de que un joven de familia aristocrática y un amigo suyo intentaban vender varios gramos de cocaína. Ambos frecuentaban ambientes ya vigilados por la Policía, lo que llevó a organizar un operativo discreto.

Durante varios días, el agente infiltrado «A.5» se movió entre tés de moda y cabarets de la calle Alcalá, hasta ganarse la confianza de los sospechosos. Estos le ofrecieron tres sobres de cocaína, diez gramos cada uno, a 25 pesetas el gramo. Acordaron cerrar la operación en un café céntrico, donde el agente entregaría el dinero convenido.

La detención se produjo al día siguiente. A los jóvenes se les incautaron, además de la cocaína, varias ampollas de morfina y pantopón, un medicamento opiáceo muy utilizado en Europa a comienzos del siglo XX. El principal detenido explicó que había acompañado a un grupo de misses europeas hasta Estoril y que, durante el viaje, una de ellas comentó que le gustaría probar morfina. En el Palace de Estoril conoció a un individuo que le indicó dónde adquirirla en Lisboa. Allí viajó, recogió la droga y regresó a Madrid, donde su amigo le propuso venderla para obtener algo de dinero.

Este episodio ilustraba las dificultades de la Brigada Especial, que trabajaba en un terreno plagado de obstáculos: traficantes con recursos, locales donde se toleraban actividades sospechosas y una red de consumidores dispuestos a ocultar su adicción. La Policía trataba de mantener el control sobre los estupefacientes que circulaban en Madrid, gracias a una extensa red de confidentes formada por camareros, limpiabotas, artistas de cabaret y empleados de locales nocturnos.

La labor de la Brigada no se centraba en detener a consumidores ocasionales, sino en desarticular redes y capturar a traficantes peligrosos. No era raro que los agentes se enfrentaran a situaciones violentas, como ocurrió en Barcelona, donde se ofreció una recompensa por “liquidar” al jefe de la Brigada local. A pesar de los riesgos y de los escasos medios, la Brigada Especial continuaba su lucha diaria, silenciosa y persistente, contra un comercio clandestino.

Imagen Biblioteca Nacional de España, 19833.


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