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domingo, 21 de diciembre de 2025

Ramón y Cajal a los 81 años: el sabio en su retiro

Santiago Ramón y Cajal, ya ilustre y venerado, accedía a una entrevista al periodista Juan López en mayo de 1933, cuando el gran humanista español cumplía ochenta y un años. Su aniversario ofrecía la ocasión perfecta para acercarse de nuevo a su obra y a su persona, y para recoger unas confidencias que el maestro, con una amabilidad sorprendente, había accedido a compartir. El periodista destacaba la modestia del maestro.

Cajal explicaba que, desde hacía al menos una década, cuando comenzó a sentir el peso de la vejez, evitaba las entrevistas, las tertulias y cualquier acto social. Rehuía teatros, cines, academias y cafés, y esa retirada voluntaria le había valido la fama de hombre huraño y adusto. Sin embargo, él mismo aclaraba que no siempre había sido así: hasta los sesenta y ocho años había sido un conversador incansable, un compañero afable y campechano en los cafés madrileños. ¿Qué había ocurrido para que aquel tertuliano infatigable se transformara en un solitario aparentemente misántropo?

La respuesta era sencilla y dolorosa. Cajal confesaba que padecía problemas de sordera, a ello se sumaba una arterioesclerosis creciente, que le provocaba cefaleas e insomnios cada vez que se veía obligado a sostener una conversación que exigiera atención. Por esa razón, prefería retirarse antes que ofrecer a sus amigos el espectáculo de su deterioro físico.

A pesar de todo, el sabio continuaba trabajando con disciplina. Pasaba la mayor parte del tiempo en el sótano de su casa, donde mantenía la temperatura entre quince y veintidós grados para evitar molestias. Allí dibujaba, escribía y, sobre todo, leía. Confesaba que poseía más de diez mil volúmenes, muchos de los cuales no había podido abrir aún. La vida , decía con melancolía, era demasiado corta y frágil para abarcar siquiera una mínima parte de lo escrito. Recordaba también sus propias palabras en una obra que él mismo calificaba de frívola: la tragedia de llegar a los setenta y cinco u ochenta años sin haber leído ni la milésima parte de lo que merecía ser leído. Para él, la lectura seguía siendo el último gran deleite concedido a los viejos.

Cajal vigilaba de cerca la reedición de sus obras y no dudaba en reescribirlas cuando lo consideraba necesario. Una de ellas, Reglas y consejos sobre la investigación biológica, la consideraba uno de sus pocos éxitos editoriales, debido al espíritu animador y patriótico que impregnaba el libro. Sin embargo, lamentaba que la parte dedicada al atraso científico de España apenas hubiese sido leída.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.


viernes, 19 de diciembre de 2025

El tiroteo de Usánsolo de 1933

 El suceso ocurrido en Usánsolo en 1933 es un ejemplo de la tensión política que atravesaba España durante los últimos años de la Segunda República.

En mayo de 1933, España vivía un momento de fractura política. La coalición republicano‑socialista que había impulsado las reformas iniciales estaba desgastada, mientras que las derechas, incluidos los nacionalistas vascos, buscaban recuperar influencia. Las campañas electorales eran intensas, los mítines multitudinarios y los choques entre grupos rivales, frecuentes.

En el País Vasco, además, convivían dos tensiones superpuestas:

  • La disputa ideológica entre derechas e izquierdas, común en toda España.

  • El conflicto identitario entre nacionalistas vascos y republicanos, con visiones muy distintas sobre el futuro político y territorial.

En mayo de 1933, un grupo de republicanos regresaba en autobús de un mitin celebrado en Amorebieta. Al pasar por Usánsolo, el vehículo se detuvo a escasos metros del batzoki,la sede social del Partido Nacionalista Vasco. Lo que ocurrió a continuación refleja la fragilidad del orden público en aquellos meses.

Según las crónicas de la época, se produjo un intercambio de más de cien disparos entre ambos grupos. El tiroteo dejó dos víctimas mortales: doña Esperanza Zapata y el niño Ignacio San Miguel, ambos alcanzados dentro del autobús. Hubo además varios heridos graves. La escena, recogida en fotografías de prensa, mostraba un vehículo perforado por impactos y un pueblo conmocionado.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933



jueves, 27 de noviembre de 2025

El rey del puerto de Barcelona: la vida de “Sobrino VI”

 En  1933, el puerto de Barcelona tenía un inquilino que había hecho de una caldera su hogar. Ese hombre era conocido como Sobrino VI, un exmarino convertido en leyenda portuaria. Desde hacía más de una década vivía dentro de una caldera abandonada, a la que llamaba su “villa”. Allí dormía, cocinaba y hasta cultivaba un pequeño huerto entre hierros y chimeneas destrozadas. Para él, la caldera resultaba más cálida que muchas casas, y sus ronquidos, amplificados por los tubos metálicos, se confundían con rugidos de tormenta.

El personaje mezclaba miseria y orgullo. Se alimentaba de las sobras que le daban los marineros, pero se proclamaba “capitán de fragata y emperador de los mares del Plata”. No se lavaba en meses, su barba y su melena le daban aspecto de profeta errante, y sus ojos brillaban como carbones encendidos. Nadie en el puerto lo molestaba: lo aceptaban como parte del paisaje, como un símbolo de resistencia y extravagancia.

El Sobrino VI no trabajaba, pero cultivaba historias. Decía ser descendiente de almirantes y reyes, y convertía su caldera en palacio imaginario. Entre tomates y patatas, había tejido una existencia singular: la de un hombre que, en medio de la dureza del puerto, encontró refugio en la fantasía y en el hierro oxidado de un barco olvidado.

No todo en su vida fue fantasía. En 1929 salvó a un marinero que cayó al agua en plena noche. Los compañeros del náufrago le regalaron una medalla con la inscripción: “Al Sobrino VI, como premio al mérito y al valor”. Él, sin embargo, se quejaba de no haber recibido la oficial Medalla de Salvamento de Náufragos.


Imagen: Biblioteca Nacional de España.


sábado, 1 de noviembre de 2025

La intentona revolucionaria en Sevilla en el 8 de enero de 1933

Durante los graves disturbios ocurridos en Sevilla el 8 de enero de 1933, las fuerzas del orden sostuvieron intensos tiroteos con grupos de revolucionarios anarcosindicalistas que intentaron sembrar el caos en distintos puntos de la ciudad, como parte de la insurrección anarquista promovida por la CNT-FAI.

En la calle de la Universidad, el agente señor Oliva resultó herido durante el enfrentamiento entre la Policía y los insurgentes. En diversas calles sevillanas, los extremistas colocaron bombas en los motores de varios camiones, destruyendo los vehículos y provocando el pánico entre los vecinos.

La vendedora de naranjas Mercedes Lanceda Torres fue alcanzada por disparos en las cercanías de la Universidad, mientras que el guarda nocturno Alfonso Leal Bravo, que intentó impedir que los revoltosos incendiaran los almacenes de Abascal en la calle Francos, resultó gravemente herido.

Las fotografías de la jornada muestran la magnitud de los daños y la violencia de los enfrentamientos, reflejo de una trágica intentona revolucionaria que formó parte del movimiento insurreccional anarquista del 8 de enero de 1933, finalmente sofocado por las fuerzas del orden, que lograron restablecer la calma en la capital andaluza.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933


La intentona anarcosindicalista en Barcelona del 8 de enero de 1933

El domingo 8 de enero de 1933, Barcelona vivió una violenta sublevación anarcosindicalista promovida por la CNT-FAI, que dejó numerosos muertos, heridos y destrozos materiales. Los asaltantes intentaron tomar varios puntos estratégicos de la ciudad, entre ellos el cuartel de San Agustín, donde el soldado Casimiro Alabor resultó herido mientras hacía guardia.

En la plaza del Clot se produjeron intensos tiroteos entre los anarquistas y las fuerzas del orden, donde fueron heridos el sargento de la Guardia Civil Cándido Durán Gómez y el guardia Francisco Durán Rodríguez, y asesinado el mozo de escuadra Francisco Centellas.

Los sublevados colocaron dos bombas en la entrada de la Jefatura de Policía, mediante una mina que partía de una alcantarilla cercana, causando graves destrozos. En el Sindicato de la Alimentación, los guardias de asalto Francisco Ocaña y Antonio Bejarano sostuvieron un duro enfrentamiento con los insurgentes, logrando abatir al individuo que arrojó tres bombas desde la escalera del edificio.

Hubo también enfrentamientos en Ripollet, donde varios revolucionarios fueron detenidos y algunos resultaron heridos. Entre los capturados figuraba el súbdito ruso Juan Rossioff, hallado con armas.

El Hospital Clínico de Barcelona recibió numerosos heridos y cadáveres de los tiroteos, reflejo de la sangrienta jornada que ensangrentó la ciudad. Las fuerzas de seguridad consiguieron finalmente restablecer el orden y detener a los principales implicados en la fallida insurrección del 8 de enero de 1933.

Biblioteca Nacional de España, 1933.


miércoles, 29 de octubre de 2025

Francisco Flores Arocha: crimen y destino en la Serranía de Ronda

 La historia de Francisco Flores Arocha es una de esas tragedias rurales que parecen salidas de una novela. Campesino de la Serranía de Ronda, su vida estuvo marcada por la pasión por la tierra, el honor familiar y la venganza. Su drama comenzó en el cortijo de La Fuenfría, propiedad de su suegro, Salvador Gil González. Francisco esperaba heredar esas tierras, símbolo de prosperidad y orgullo campesino. Sin embargo, sus sueños se derrumbaron cuando su suegro decidió vender la finca a Salvador Becerra Flores, primo de Francisco.

La venta encendió en él una ira ciega. Consideró la transacción una traición doble del suegro y del primo y se sintió despojado no solo de una propiedad, sino de su dignidad. En un arrebato de furia, disparó contra su suegro, al que solo hirió, y mató a su cuñada, hija del anciano. Después de aquel primer crimen, huyó a las montañas, armado y decidido a vengarse por completo.

Durante meses, vivió escondido en la Sierra, como los antiguos bandoleros de leyenda. Su nombre comenzó a circular por la comarca. En noviembre, cumplió su amenaza. Bajó de nuevo al cortijo y, con fría determinación, asesinó a su primo, a la esposa de este, y a sus dos hijos pequeños, la menor de apenas dieciséis meses, completando así una venganza feroz y sangrienta.

Tras la matanza, regresó a la sierra acompañado por su sobrino Pedro Flores, quien decidió seguirle en su huida. Durante cuatro semanas, burlaron a la Guardia Civil, moviéndose entre los riscos y los pinares, refugiándose en cuevas y cortijos abandonados. La persecución terminó el 31 de diciembre, cuando fueron rodeados por las fuerzas del capitán Hernández.

El enfrentamiento fue intenso. A pesar de estar herido, Francisco se negó a rendirse. En medio del fuego cruzado, apareció su hijo, un niño que les ayudaba llevándoles municiones. Al descubrirlo, el jefe de los guardias suspendió el fuego por unos minutos para permitir que el pequeño se alejara. Padre e hijo se despidieron en un abrazo desesperado, sabiendo que sería el último.

Cuando el combate se reanudó, un guardia civil, Teodoro López, murió alcanzado por una bala del fugitivo. Poco después, Pedro Flores fue herido y consiguió escapar entre la niebla. Francisco, con el pecho atravesado por un disparo, siguió resistiendo hasta que una bala le destrozó el cráneo. Su hijo, desde una loma cercana, contempló en silencio la muerte del padre, sin lágrimas ni miedo.

La prensa de la época describió la escena con una mezcla de horror y romanticismo. Francisco Flores Arocha fue presentado como un criminal trágico, movido por una pasión desmedida por la tierra, que lo llevó del orgullo campesino al crimen y, finalmente, a una muerte heroica. Su figura, mitad monstruo y mitad héroe, quedó inmortalizada en los romances populares, como los antiguos bandoleros que desafiaban a la autoridad y morían luchando por lo que creían suyo.

Biblioteca Nacional de España, 1933.




domingo, 31 de agosto de 2025

Los crímenes de Carabanchel

 El 13 de marzo de 1932, los vecinos de Campamento (Carabanchel) quedaron conmocionados con el hallazgo del cadáver de Luciana Rodríguez Narros, encajera de Herreruela (Toledo). Había sido degollada y despojada de todos sus objetos de valor en la llamada “vereda del soldado”. La primera investigación apuntó erróneamente contra sus primos, Leoncio y Bienvenida Alía, que fueron acusados injustamente. El caso permaneció sin resolverse hasta que, meses más tarde, otro crimen sacudió Carabanchel y permitió conectar los hechos.

El 5 de agosto de 1932, el tabernero Mariano Mejino apareció degollado y golpeado con un hacha en una casa del Arroyo de las Pavas. En el lugar fueron detenidos Julián Ramírez y Leandro Iniesta, cubiertos de sangre. En los interrogatorios confesaron este asesinato y también el de la encajera Luciana, cometido meses antes.

Ambos seguían el mismo modus operandi: engañaban a sus víctimas con promesas de negocios (una venta de encajes, una camioneta), las atraían a lugares apartados y allí las asesinaban con gran violencia para robarles.

Los procesos judiciales fueron muy seguidos por la prensa de la época.

  • Por el asesinato de Luciana Rodríguez (noviembre de 1932):

    • Julián Ramírez: condenado a 28 años de reclusión mayor y al pago de 5.000 pesetas de indemnización.

    • Leandro Iniesta: condenado a 26 años de reclusión mayor y al pago de 3.000 pesetas de indemnización.

  • Por el asesinato de Mariano Mejino (febrero de 1934):

    • Ambos recibieron nuevamente 26 años y 8 meses de prisión, además de sanciones económicas.

En total, cada uno acumulaba más de 50 años de condena, lo que equivalía a una cadena perpetua de facto, ya que la Segunda República había abolido la pena de muerte.

Aunque nunca fue acusada formalmente, la figura de Blasa Pérez apareció una y otra vez en la prensa. Propietaria de varias casas en el Arroyo de las Pavas, se decía que tenía un “millón de pesetas” guardado y que su avaricia la convertía en sospechosa.

  • Fue llamada a declarar en varias ocasiones por sus vínculos con Julián Ramírez (inquilino de una de sus propiedades) y su administrador, Alipio de Miguel.

  • La prensa la convirtió en un personaje morboso: una anciana adinerada, rodeada de intrigas y delincuentes, aunque la Justicia nunca halló pruebas en su contra.

  • Ella misma se defendía en los periódicos, afirmando que “vivía de su trabajo y sus ahorros”, y que el supuesto “millón” era una exageración popular.

En definitiva, Blasa fue un personaje mediático, no judicial. Su figura sirvió para dar un tono folclórico y sensacionalista al caso, pero nunca fue condenada.

Los llamados “degolladores de Carabanchel”, Julián Ramírez y Leandro Iniesta, quedaron retratados como dos criminales movidos por la codicia y la brutalidad. 

Arriba: en el centro, el infortunado tabernero Mariano Mejino, asesinado por Julián Ramírez y Leandro Iniesta. Abajo: a la izquierda, Leandro Iniesta y a la derecha, Julián Ramírez, autores del  asesinato de Mariano Mejino, y, según su propia confesión, autores, también, del asesinato de la encajera Luciana Rodríguez. Biblioteca Nacional de España, 1932.

jueves, 14 de agosto de 2025

África Llamas de Rada (1911-2010)


África Llamas de Rada nació en León el 23 de agosto de 1911, el mismo año en que un avión sobrevoló por primera vez la capital leonesa. Provenía de una familia acomodada y numerosa ,era la menor de doce hermanos, y su padre, abogado de prestigio, se trasladó a Madrid cuando África tenía un año.

De espíritu independiente, a los 16 años debutó como actriz en la película muda Los vencedores de la muerte (1927), junto al galán Juan de Orduña, cobrando por ello 500 pesetas, una suma considerable en plena dictadura de Primo de Rivera, aunque nunca volvió a actuar.

En los años treinta, movida por su pasión por volar, se matriculó en el Aeroclub de Madrid (actual aeropuerto de Barajas). Para acceder al curso mintió sobre su edad.no había cumplido los 21 requeridos y ocultó su actividad a sus padres, financiando las clases con ayuda de una hermana. Fue la única mujer de su promoción y aprendió a volar en monoplanos y biplanos como la De Havilland.

El 22 de junio de 1932, se convirtió en la quinta mujer piloto de España y la primera leonesa en lograrlo. Sin embargo, ese mismo año contrajo matrimonio con un capitán de navío que no aprobaba su afición, lo que la obligó a dejar de volar. Falleció en 2010, a los 98 años.

Biblioteca Nacional de España,  1932 


viernes, 8 de agosto de 2025

La revuelta del 29 de mayo: la República mantiene el orden

La madrugada del 29 de mayo amaneció con el país al borde de un abismo. Una nube de tensión, alimentada por rumores y temores, se cernía sobre la joven República. La amenaza: una revolución anarquista bien organizada, amplia y peligrosa, que pretendía sumir a España en el caos y derrocar al régimen republicano. Pero la nube pasó. La República resistió. Y lo que pudo haber sido un trágico levantamiento quedó en un intento fallido.

El ministro de la Gobernación, Santiago Casares Quiroga, se convirtió en figura central de esta historia. En declaraciones posteriores, reveló los detalles de la ofensiva preventiva que permitió desarmar la maquinaria revolucionaria antes de que estallara. Todo comenzó con el hallazgo de explosivos en Andalucía, lo que dio a las autoridades la pista para desarticular la red insurreccional.

“Desde el momento en que descubrimos las primeras bombas, sabíamos que la clave era arrebatarles el poder de fuego. Sin explosivos, su capacidad de daño quedaba muy limitada”, explicó Casares Quiroga.

El plan de los sublevados era claro: provocar manifestaciones en puntos estratégicos del país, forzar una represión violenta que encendiera la indignación popular, y declarar una huelga general. El objetivo final: voltear la República apelando al sentimentalismo de las masas.

Pero la estrategia fracasó. Las masas no se sumaron. En ciudades clave como Madrid, Barcelona y Sevilla, las manifestaciones no lograron materializarse. En Madrid, no fue necesario abrir fuego. En Barcelona, la entrada de los tranviarios a sus puestos de trabajo fue, para el ministro, la señal inequívoca del fracaso.

“La revolución murió antes de nacer”, sentenció Casares. “A las diez de la mañana del domingo, todo estaba ya resuelto”.

La prensa, que había temido lo peor, respiró aliviada. La bolsa retomó su curso. El país volvió a su rutina. Pero el episodio dejó una enseñanza clara: la República debía mantenerse firme frente a quienes pretendieran imponer sus ideas por la vía de la violencia, incluso cuando estas vinieran desde sectores que, en el pasado, también habían sufrido la represión del régimen monárquico.

El ministro advirtió que, bajo la República, existían caminos legales para la reivindicación política: la prensa, las elecciones, el debate público. Pero insistió en que cualquier intento de salirse de esos cauces sería enfrentado con todo el peso de la ley.

“Antes, la ilegalidad podía parecer justificada. Hoy, bajo un régimen legítimo y democrático, ya no hay excusa. Si persisten en colocarse fuera de la ley, sufrirán su rigor”, afirmó.

Las ciudades recuperaron su calma. Pero también quedó claro que los enemigos del nuevo orden no habían desaparecido: solo se replegaban, aguardando otro momento.

Biblioteca Nacional de España, 1932.


lunes, 4 de agosto de 2025

Las momias de Esquivias: una crónica de 1932

En abril de 1932, un grupo formado por la actriz Carmen Pomés, el fotógrafo Pepe Ortiz y el periodista  Juan G. Olmedilla  emprendió una excursión  desde Madrid hasta Esquivias, el pueblo toledano donde se casó Miguel de Cervantes. Lo que comenzó como una celebración cultural, un brindis en honor al autor del Quijote,  se convirtió en una inesperada inmersión en el mundo de los muertos: una visita al convento abandonado de la orden de los Capuchinos, donde descansaban, casi olvidadas, las momias del pueblo.

La crónica de aquel viaje, narra el hallazgo de más de una veintena de cuerpos momificados de forma natural. La mayoría, alojados en los nichos de una cripta polvorienta, otros sentados, maniatados o en posturas que a algunos lugareños les sugerían muertes poco convencionales. Incluso algunos testimonios hablaban de momias que conservaban corsés de seda o que parecían haber sido enterradas vivas.

Los habitantes de Esquivias recordaban con cierto desdén cómo, años atrás ,y especialmente durante la dictadura de Primo de Rivera, se produjo una curiosa y absurda danza burocrática en torno a las momias del convento. Cinco de ellas fueron trasladadas al salón de sesiones del Ayuntamiento, con la pretensión de convertirlas en un monumento nacional. Sin embargo, lejos de recibir un homenaje digno, el nuevo entorno aceleró su deterioro. Poco después, fueron devueltas discretamente a la cripta, donde el polvo, la penumbra y el olvido parecían conservarlas mejor que cualquier vitrina. Además, algunos vecinos hablaban de niños entre las momias; otros, y ya se sabe del poder de la imaginación humana, de apariciones espectrales entre los escombros del convento. 

El convento fue destruido en 1936, durante la Guerra Civil. En el lugar que antes ocupaban las dependencias monacales se construyeron las llamadas “Antiguas Escuelas”. En ese mismo periodo, la iglesia del convento fue incendiada, quedando parcialmente en ruinas, tal como se conserva en la actualidad.

Desde entonces, el templo ha tenido un uso muy limitado: en 1940 sirvió temporalmente como almacén de grano. El resto del conjunto conventual se mantuvo en funcionamiento como escuela durante varias décadas. De forma esporádica, también fue utilizado como cárcel provisional o cuartel de la Milicia Nacional. 

Hoy, parte de lo que fue la antigua sacristía alberga el Hogar del Pensionista, mientras que las capillas del lado del Evangelio funcionaron como Juzgado de Paz hasta tiempos recientes.



Biblioteca Nacional de España, 1932




jueves, 31 de julio de 2025

Graves sucesos ocurridos en Toledo en marzo de 1932

Graves disturbios ocurrieron en Toledo en  marzo de 1932 cuando huelguistas emboscados en las cercanías de un edificio en construcción, junto a la carretera de Madrid, abrieron fuego y arrojaron piedras contra un destacamento de guardias de asalto enviados desde Madrid para restablecer el orden.

El enfrentamiento dejó varios heridos graves entre las fuerzas del orden:

  • El guardia chófer Juan Antonio Esteras, herido de gravedad en el vientre, en estado crítico.

  • El guardia Moreno Ibáñez, con una herida grave en la pierna.

  • El cabo Agapito García, con el maxilar y la lengua destrozados por un disparo.

  • El teniente Moreno, comandante del grupo, herido en una mano y con dos balazos en la gorra.

  • Otros guardias (López, González, Lozano) sufrieron heridas menores o rasguños.

  • También resultó herido un civil, Fermín Lain, en una pierna.

El director general de Seguridad, señor Menéndez, visitó a los heridos en el hospital. 

Biblioteca Nacional de España, 1932.


¿Qué haría usted ante un Golpe de Estado?. Entrevista a Manuel Azaña en 1932

 En una entrevista realizada por  Juan G. Olmedilla en marzo de 1932, Manuel Azaña, presidente del Consejo de Ministros de la Segunda República, respondió con ironía a la pregunta sobre qué haría ante un golpe de Estado, afirmando que “nadie cree en brujas, pero hablar demasiado de ellas ha causado muchos males”. Con esta metáfora, Azaña advertía contra el alarmismo político: hablar insistentemente de dictaduras o conspiraciones podía convertir el miedo en realidad.

Biblioteca Nacional de España, 1932.


domingo, 13 de julio de 2025

La expulsión de los Jesuitas en la Segunda República española

Durante la Segunda República Española, se impulsó la laicidad del Estado y la libertad de conciencia, lo que generó un fuerte conflicto con la Iglesia. Rodolfo Llopis, Director General de Primera Enseñanza, defendió que la religión debía quedar fuera del ámbito escolar y reservarse al espacio privado o religioso. Rechazó el proselitismo en las aulas y apostó por una educación basada en una moral universal no religiosa, centrada en valores cívicos y éticos. Su objetivo era una escuela totalmente laica, sin imposiciones ideológicas ni religiosas.

El creyente español se sintió amenazado por lo que percibía como una campaña de descristianización. Desde el Ministerio de Justicia se decretó la libertad de cultos, y desde el de Instrucción Pública, se trasladó esa libertad a la enseñanza, convirtiendo la religión en una asignatura voluntaria, no obligatoria.

Fundada en 1534, la Compañía de Jesús había crecido rápidamente, extendiéndose por toda Europa y América. Era conocida por sus colegios y su exigente formación intelectual. Sin embargo, su influencia desató críticas: se les acusaba de injerencia política, de despreciar a los obispos locales, de acumular poder económico y de responder solo al Papa.

En 1931, el Gobierno de la Segunda República de España aprobó el artículo 24 de la nueva Constitución, disolviendo la orden y nacionalizando sus bienes. 

En este contexto, se aprobó una medida que declaraba ilegales las órdenes religiosas que impusieran obediencia a autoridades distintas del Estado. Aunque no se las nombraba directamente, la disposición afectaba principalmente a los jesuitas, que exigían un cuarto voto de obediencia al Papa.

Esta decisión no era nueva en la historia española. Los jesuitas ya habían sido expulsados por Carlos III en 1767, y en 1835, durante el auge del liberalismo.  

La disolución de la Compañía causó una intensa polémica en la España republicana. Se produjeron protestas en iglesias y centros católicos de todo el país. El propio Papa Pío XI, en enero de 1932, calificó a los jesuitas como «mártires del Papa», dando a la medida un fuerte tono de confrontación entre el Vaticano y el nuevo Estado español.

Incluso dentro del Gobierno republicano, la decisión no fue unánime. Figuras como Niceto Alcalá Zamora y Gabriel Maura se opusieron firmemente a su aplicación, al considerar que rompía el equilibrio religioso que el nuevo régimen buscaba establecer. 

La expulsión de los jesuitas en 1931 fue el reflejo de una larga tensión  entre la autoridad eclesiástica y el Gobierno de la Segunda República. La medida desató protestas, dividió al propio Gobierno republicano y provocó una respuesta internacional del Vaticano. 

Biblioteca Nacional de España, 1931.



El divorcio en la Segunda República, el debate de 1931

En octubre de 1931 se reconoció el  divorcio en la Constitución de la Segunda República.  En los primeros tiempos de la Segunda República española se puso sobre la mesa un conjunto de debates. Uno de los más intensos y reveladores fue el del divorcio, tratado en el artículo 41 del proyecto constitucional, dentro del capítulo sobre la familia y llevado a cabo en octubre de  1931. Se cruzaron argumentos jurídicos, morales y hasta biológicos, dando lugar a un debate plural y apasionado que reflejaba las tensiones entre la tradición conservadora y el nuevo espíritu laico y republicano.

Uno de los más firmes opositores al divorcio fue Ossorio y Gallardo, quien defendía la indisolubilidad del matrimonio como base de la familia y de la estabilidad social. Según él, la mayoría de los casos que llegaban a los abogados se basaban en motivos triviales, “una regañina domésticas”. Su mensaje era claro: el divorcio traería inestabilidad e impulsividad, minando el valor sagrado del matrimonio.

Frente a esta postura se alzó Clara Campoamor. Defendió el divorcio como una necesidad social y legal. Recordó que ya existía la ley canónica que permitía la separación perpetua de cuerpos, aunque sin libertad para rehacer la vida. Para ella, el divorcio civil ofrecía una vía más humana, clara y digna para quienes deseaban cerrar una etapa y empezar otra. Según Campoamor: no se podía seguir negando a las mujeres, principales perjudicadas por matrimonios forzados o fracasados, el derecho a decidir sobre su propia vida.

El debate no quedó solo en el plano jurídico. Se escucharon también voces de la ciencia, como los doctores Sanchís Banús y Juarros, que aportaron una mirada "biológica". Según Banús, el divorcio actuaba como una válvula de escape emocional, evitando trastornos como el "histerismo" en mujeres atrapadas en situaciones sentimentales insostenibles.

Juarros añadió que debía conocerse bien la naturaleza de la mujer antes de contraer matrimonio, y que el divorcio era un remedio necesario ante errores de elección o desórdenes personales que podían afectar gravemente a la vida conyugal.

Tras un largo y plural debate en octubre de 1931, la Comisión fue incorporando al texto constitucional muchas de las ideas planteadas. El artículo original cambió, pero la esencia quedó clara: se reconocía legalmente el derecho al divorcio.

La aprobación fue casi por aclamación, aunque algunos nombres notables como Alcalá Zamora, Ossorio y Gallardo o Alba mantuvieron su oposición y defendieron la perpetuidad del vínculo.

Hubo que esperar hasta marzo 1932 para que una ley concreta lo hiciera efectivo.

martes, 8 de julio de 2025

El voto femenino en España

El 1 de octubre de 1931, el Congreso de los Diputados español vivió uno de sus debates más intensos y decisivos: el reconocimiento del derecho al voto para la mujer. Aunque otros temas relevantes se discutieron, ninguno logró desviar la atención de la Cámara del asunto que estaba en el centro del debate político y social del momento.

Entre las propuestas más llamativas, destacó la del diputado Ayuso, quien presentó una enmienda insólita: que las mujeres solo pudieran votar a partir de los 45 años. Justificaba su propuesta alegando que solo a esa edad se alcanzaba una madurez y serenidad suficientes. Sin embargo, esta idea fue duramente criticada por el doctor Juarrós, quien argumentó que esa edad marca más bien un declive natural en el ser humano, independientemente del género.

En medio del debate surgieron voces a favor y en contra del sufragio femenino. Curiosamente, una de las oposiciones más destacadas provino de Victoria Kent, abogada y diputada republicana. Kent no cuestionaba la capacidad de la mujer, pero sí la oportunidad de concederle el voto en ese momento. Consideraba que la mujer española no estaba aún preparada para ejercer ese derecho con independencia y temía que su voto, influido por la religión o por el entorno social conservador, favoreciera a fuerzas contrarias a la República.

En contraste, Clara Campoamor, también diputada y firme defensora de los derechos de las mujeres, defendió con determinación la igualdad política entre hombres y mujeres, y luchó para que el sufragio femenino fuera reconocido sin restricciones.

Finalmente, el 1 de octubre de 1931, las Cortes votaron el artículo 36 de la Constitución de la Segunda República, que reconocía el derecho al voto de las mujeres mayores de 23 años. El resultado:

  • 161 votos a favor

  • 121 votos en contra

Con esta decisión, España se convirtió en uno de los primeros países del mundo en garantizar el sufragio femenino mediante una constitución democrática. Las mujeres pudieron ejercer por primera vez su derecho al voto en las elecciones generales del 19 de noviembre de 1933.



martes, 3 de junio de 2025

La vida de las cigarreras de Madrid en 1931


Las cigarreras fueron mujeres trabajadoras que desempeñaron un papel fundamental en la industria tabaquera desde el siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX. Su vida cotidiana estuvo marcada por la dureza del trabajo y la precariedad económica.

A menudo, estas mujeres comenzaban a trabajar en las fábricas siendo apenas niñas y pasaban allí toda su vida laboral, en condiciones que combinaban esfuerzo físico, salarios bajos y largas jornadas. En la Fábrica de Tabacos de Madrid, por ejemplo, trabajaban a destajo, cobrando por cada millar de cigarrillos producidos, lo que las obligaba a mantener un ritmo acelerado sin descanso para poder sostener a sus familias. Muchas eran madres, hijas o esposas que llevaban el peso económico del hogar.

El estereotipo popular las presentaba como mujeres alegres, coquetas y combativas, asociadas a la leyenda de Carmen, la cigarrera de la ópera. Sin embargo, la realidad era otra: mujeres envejecidas por el trabajo, cubiertas con delantales, muchas veces agotadas pero no vencidas. A pesar de las dificultades, mantenían un fuerte sentido de orgullo y compañerismo.

A principios de la Segunda República, las cigarreras alzaban la voz para reclamar mejoras: sueldos dignos, mejores condiciones laborales, colegios para sus hijos y el reconocimiento de su esfuerzo. Ejemplo de ello es la figura entrañable de la “tía Viva”, una cigarrera de 108 años que, tras toda una vida de trabajo, aún soñaba con una medalla del Gobierno. 

Biblioteca Nacional de España, 1931.


jueves, 29 de mayo de 2025

Ramón Franco, hermano de Francisco Franco, y la reconstrucción de la Aeronáutica Militar durante la Segunda República

En un momento crucial de la historia de España, tras la proclamación de la Segunda República, el comandante Ramón Franco, célebre por sus hazañas aéreas y su valor en situaciones extremas, asumió ,en 1931, un rol en la reorganización de la Aeronáutica Militar. Aunque su nombre era sinónimo de heroísmo en el aire, especialmente tras su histórica travesía en el hidroavión Plus Ultra y su lucha contra la tormenta cuando fue rescatado del naufragio del Eagle, su nueva tarea implicaba enfrentarse a un reto muy distinto: la reconstrucción burocrática y operativa de un cuerpo militar deshecho y carente de recursos.

En  1931, Ramón Franco dirigía desde un despacho del Ministerio de la Guerra una fuerza aérea que hasta entonces se había concebido más como una actividad deportiva que como un instrumento de defensa eficaz. Él mismo admitía que la aviación militar española requería un cambio profundo, orientándose hacia la profesionalización y eficiencia, aprovechando al máximo el capital humano, que consideraba excepcional.

Uno de los mayores obstáculos que enfrentó fue el colapso de la industria nacional relacionada con la aviación. Fábricas que antes empleaban a mil obreros especializados quedaron reducidas a menos de una décima parte de ese personal. Además, los presupuestos militares asignados para la aviación se habían reducido de manera drástica, pasando de un plan inicial millonario a una asignación mínima, lo que limitaba severamente cualquier posibilidad de desarrollo técnico y operativo.

Ante esta situación, Franco diseñó un programa inicial basado en la promoción de la aviación civil y la creación de una afición popular hacia las actividades aéreas. Para ello, impulsó la formación de secciones de propaganda y el fomento de vuelos sin motor, considerados útiles para el aprendizaje y para eliminar el temor de la población al espacio aéreo. Su idea era que, fomentando el interés en el mundo de la aviación, España podría construir una base sólida para el futuro de su aviación militar.

En el plano político, durante una entrevista realizada en mayo de  1931, Ramón Franco mostró su postura clara y honesta, aunque mantuvo una prudente reserva debido a su cargo oficial. Expresó su rechazo absoluto al comunismo, al que definía como una dictadura opresora, y defendió un programa de democracia real y pacífica. Su ideal político abarcaba el respeto a las leyes votadas en un Parlamento legítimo, la igualdad ante la justicia, la gratuidad y calidad de la educación adaptada a la capacidad de los individuos, la justa participación del trabajador en los beneficios del capital, y la redistribución de la tierra para quienes la trabajan. En suma, en  1931, Franco visualizaba una España que pudiera marcar el camino de la paz y la democracia en Europa, libre de extremismos tanto de derecha como de izquierda.

A pesar de su figura como militar, se definía a sí mismo como un hombre pacífico, al que la carrera militar le había llegado “por equivocación”. Durante la entrevista, mostró también su frustración por la falta de un himno definitivo para la República y por las dificultades cotidianas que enfrentaba en su puesto, incluyendo el tiempo perdido en atender peticiones de recomendaciones políticas y favores personales.

Biblioteca Nacional de España, 1931.