En abril de 1932, un grupo formado por la actriz Carmen Pomés, el fotógrafo Pepe Ortiz y el periodista Juan G. Olmedilla emprendió una excursión desde Madrid hasta Esquivias, el pueblo toledano donde se casó Miguel de Cervantes. Lo que comenzó como una celebración cultural, un brindis en honor al autor del Quijote, se convirtió en una inesperada inmersión en el mundo de los muertos: una visita al convento abandonado de la orden de los Capuchinos, donde descansaban, casi olvidadas, las momias del pueblo.
La crónica de aquel viaje, narra el hallazgo de más de una veintena de cuerpos momificados de forma natural. La mayoría, alojados en los nichos de una cripta polvorienta, otros sentados, maniatados o en posturas que a algunos lugareños les sugerían muertes poco convencionales. Incluso algunos testimonios hablaban de momias que conservaban corsés de seda o que parecían haber sido enterradas vivas.
Los habitantes de Esquivias recordaban con cierto desdén cómo, años atrás ,y especialmente durante la dictadura de Primo de Rivera, se produjo una curiosa y absurda danza burocrática en torno a las momias del convento. Cinco de ellas fueron trasladadas al salón de sesiones del Ayuntamiento, con la pretensión de convertirlas en un monumento nacional. Sin embargo, lejos de recibir un homenaje digno, el nuevo entorno aceleró su deterioro. Poco después, fueron devueltas discretamente a la cripta, donde el polvo, la penumbra y el olvido parecían conservarlas mejor que cualquier vitrina. Además, algunos vecinos hablaban de niños entre las momias; otros, y ya se sabe del poder de la imaginación humana, de apariciones espectrales entre los escombros del convento.
El convento fue destruido en 1936, durante la Guerra Civil. En el lugar que antes ocupaban las dependencias monacales se construyeron las llamadas “Antiguas Escuelas”. En ese mismo periodo, la iglesia del convento fue incendiada, quedando parcialmente en ruinas, tal como se conserva en la actualidad.
Desde entonces, el templo ha tenido un uso muy limitado: en 1940 sirvió temporalmente como almacén de grano. El resto del conjunto conventual se mantuvo en funcionamiento como escuela durante varias décadas. De forma esporádica, también fue utilizado como cárcel provisional o cuartel de la Milicia Nacional.
Hoy, parte de lo que fue la antigua sacristía alberga el Hogar del Pensionista, mientras que las capillas del lado del Evangelio funcionaron como Juzgado de Paz hasta tiempos recientes.