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domingo, 26 de octubre de 2025

Clara Campoamor y su proposición de desarme total de España

 En diciembre de 1932, Clara Campoamor presentó ante el Parlamento una proposición de desarme total de España, en medio del debate sobre el presupuesto de Guerra. Su enmienda, respaldada por algunos diputados de distintas tendencias, pedía que se destinara únicamente una cantidad simbólicapara “atenciones del desarme total y absoluto de España”. La Cámara rechazó su propuesta, pero diecinueve diputados votaron a favor, lo que, según ella, demostraba que aún existía un pequeño grupo pacifista en las Cortes.

Campoamor lamentó profundamente que ningún diputado socialista apoyara su iniciativa. Consideró que el socialismo había sido incoherente con sus propios principios al no respaldar una medida que encarnaba el ideal pacifista. Criticó a estos parlamentarios por anteponer la disciplina de partido a los valores que decían defender.

Clara Campoamor sostenía que España era un país esencialmente pacifista. Tras el desastre del 98, afirmaba, el pueblo español había aprendido que la guerra solo traía sufrimiento y ruina. Por eso consideraba inútiles y peligrosos los aumentos del presupuesto militar, que calificaba de “dinero tirado al foso”.

Defendía que la verdadera defensa de la nación debía residir en su propia debilidad, no en el poder de las armas. Argumentaba que un ejército fuerte sobre las espaldas de un pueblo débil terminaba por aplastarlo y sojuzgarlo, y que el fortalecimiento del aparato militar podía abrir el camino al fascismo y al dominio de una clase sobre las demás. Para ella, crear un ejército poderoso era crear el peligro mismo que se pretendía evitar.

Campoamor se declaró pacifista hasta la intransigencia. Recordaba los horrores de la Primera Guerra Mundial y advertía que cualquier política basada en el militarismo podía conducir nuevamente a la catástrofe. Propuso reducir el servicio militar a seis meses, con la meta de su futura desaparición, y reclamó igualdad en el sorteo para África, de modo que también los soldados de cuota ,los más ricos, cumplieran con sus obligaciones.

Biblioteca Nacional de España,  1932.


sábado, 25 de octubre de 2025

Francisco Macià ante la bandera de España (6 de diciembre de 1932)

El 6 de diciembre de 1932 se inauguró oficialmente el Parlamento de Cataluña bajo la presidencia de Francesc Macià, primer presidente de la Generalitat restaurada tras la aprobación del Estatuto de Núria ( fue redactado en el santuario de la Virgen de Núria, un valle pirenaico situado en el municipio de Queralbs, Girona, en el Pirineo catalán).

Barcelona amaneció festiva: banderas de España y de Cataluña ondearon juntas en balcones y edificios, símbolo de la unión entre la República Española y la autonomía catalana. Miles de ciudadanos llenaron el Parque de la Ciudadela para presenciar el desfile y la apertura de las sesiones.

Francisco Macià, al pasar revista a las tropas republicanas, se cuadró ante la bandera de España y la saludó con respeto y dignidad. Aquel gesto protagonizado por un líder que en el pasado había defendido el separatismo fue interpretado como un acto de reconciliación y lealtad hacia la nueva España republicana, libre de las sombras del militarismo y la dictadura.

Dentro del Parlamento, Lluís Companys presidió la sesión inaugural. Macià pronunció un discurso breve, sereno y patriótico, que fue aplaudido por todos los diputados. 


Biblioteca Nacional de España, 1932


jueves, 16 de octubre de 2025

Las estadísticas del Tribunal Tutelar de Madrid en 1932

 Las cifras reflejaban la magnitud del problema de la llamada “delincuencia infantil” en la época y la labor constante del Tribunal:

  • Se abrían alrededor de 1.500 expedientes al año, a los que se sumaban los casos pendientes o reabiertos.

  • Anualmente se dictaban cerca de 1.800 acuerdos, ya que el Tribunal no emitía sentencias en sentido penal, sino resoluciones de carácter educativo o protector.

  • Desde su creación en julio de 1925, se habían tramitado unos 10.000 expedientes.

  • La mayoría de los menores atendidos eran niños madrileños, aunque alrededor del 15 % procedía de otras provincias, siendo Jaén la más representada.

  • En cuanto a las edades, el grupo más numeroso correspondía a los 14 años (25 % de los casos), mientras que los menores de 8 años representaban un 9 %. Las faltas aumentaban progresivamente entre los 10 y los 16 años, límite de competencia del Tribunal.

  • El 86 % de los menores juzgados eran varones.

  • Las infracciones más frecuentes eran las lesiones (32 %), seguidas de los hurtos (19 %), los daños materiales (17 %), el escándalo público (4,5 %), la desobediencia (3,5 %) y los malos tratos (3,5 %).

Cuando se consideraba necesario, los menores eran internados en instituciones de carácter reformador y educativo, como el Reformatorio del Príncipe de Asturias, el Asilo de Santa Cristina, el Asilo de las Oblatas del Santísimo Redentor o la Casa de Familia del propio Tribunal.

Biblioteca Nacional de España, 1932.


lunes, 6 de octubre de 2025

El yoyó

 El yoyó, ese pequeño juguete compuesto por dos discos unidos por un eje y sujetos a una cuerda, ha sido durante siglos mucho más que una simple diversión. Aunque hoy se asocia con la infancia y con juegos en plazas, playas o colegios, su historia es mucho más antigua y sorprendente.

Los orígenes del yoyó se remontan a más de 2.000 años. Se han encontrado registros de su uso en la antigua Grecia y en diversas culturas asiáticas, donde no solo servía como entretenimiento, sino también como objeto ritual e incluso, en ciertos casos, como arma de caza. Sin embargo, fue en Filipinas donde adoptó la forma más cercana a la actual, y desde allí viajó a Europa y posteriormente a América.

Durante el siglo XX, el yoyó se popularizó masivamente gracias a su comercialización en París primero y en Estados Unidos después, donde grandes compañías de juguetes lo convirtieron en un verdadero icono de la cultura popular. Su éxito residía en la simplicidad de su mecanismo, que permitía tanto un uso básico como la posibilidad de realizar auténticas destrezas mediante trucos y acrobacias.

Pero el yoyó no fue solo un juego. En los años 30 se transformó en una moda social en playas y salones. Décadas más tarde, resurgió como deporte de habilidad, con campeonatos internacionales que aún hoy reúnen a jugadores capaces de ejecutar impresionantes figuras y trucos espectaculares.

Su popularidad también se vio favorecida por cambios en la moda femenina. Décadas atrás, el yoyó  había fracasado en Europa porque los vestidos voluminosos y las mangas abullonadas dificultaban su manejo. Con la ropa más ligera y flexible, las jóvenes pudieron moverlo con destreza, convirtiéndolo en un  juego social. En lugares como San Sebastián, las muchachas lo usaban en la playa, en tertulias o paseos, y lo incorporaron a su interacción cotidiana con gracia y habilidad.

En  1932, una joven relató, ver imagen,  que el yoyó le servía para distraer miradas masculinas demasiado insistentes, atraer la atención de quien le interesaba o incluso evitar el contacto visual directo incómodo. 

Actualmente, el yoyó combina tradición y modernidad. Se fabrica en materiales como plástico o aluminio, y existen modelos  diseñados para competición. 

Biblioteca  Nacional de España.



lunes, 15 de septiembre de 2025

Tallando el sonido: el arte de grabar en cera

Antes de que la música se digitalizara, antes incluso de que el vinilo se hiciera popular, hubo una época en la que el sonido se grababa tallándolo en cera. Este proceso, hoy casi olvidado, fue el corazón de la industria fonográfica durante las primeras décadas del siglo XX. Grabar en cera no era simplemente registrar una interpretación: era un acto técnico, físico y profundamente artesanal. 

La cera utilizada para grabar discos no era la de una vela común, se trataba de una mezcla especial de consistencia firme, pero lo suficientemente blanda como para ser tallada por una aguja. Los discos vírgenes, de aspecto amarillento y varios centímetros de grosor, se almacenaban a temperatura constante para evitar deformaciones.  Para que nos hagamos una idea, su textura recordaba al queso manchego.

El estudio se preparaba con cortinas blancas para amortiguar los ecos. Los músicos y cantantes ensayaban el número varias veces, ajustando la velocidad y el matiz para que encajara exactamente en una cara del disco. No había margen para errores: cualquier fallo obligaba a repetir todo el proceso, pues no había edición, ni retoques, ni filtros, lo que se tallaba quedaba para siempre.  

Cuando llegaba el momento de grabar, se encendía una luz blanca  y sonaba un timbre. Desde ese instante, el silencio era absoluto y los artistas se comunicaban solo por gestos. La música se vertía sobre la cera a modo de una cañería acústica conectada al micrófono, y una aguja tallaba los surcos en tiempo real. Cada vibración quedaba registrada físicamente en la superficie del disco.

El proceso era tan delicado que muchos ingenieros prohibían tomar fotografías o revelar detalles técnicos. Cada casa productora tenía sus propios métodos, y el secretismo era parte del oficio.

Hoy, en la era digital, basta un clic para capturar el sonido; pero hubo un tiempo en que el sonido se esculpía en cera.

Biblioteca Nacional de España, 1932.


miércoles, 10 de septiembre de 2025

La Cabrera Baja, el rincón olvidado de León en 1932

En  1932, unas declaraciones del diputado leonés Gabriel Franco sacudieron la conciencia nacional al revelar la extrema miseria en la comarca de la Cabrera Baja, una región montañosa y aislada del suroeste de León. Más de cincuenta pueblos vivían entonces en condiciones que hoy nos parecerían medievales: sin médicos, sin farmacias, sin escuelas dignas, y con viviendas que apenas merecían tal nombre.

Un solo médico debía atender hasta catorce pueblos, separados por caminos escarpados e intransitables. La ausencia total de farmacias obligaba a los vecinos a recorrer grandes distancias para conseguir una medicina básica. “La ciencia médica allí es una entelequia”, afirmaba el diputado.

Las casas, sin ventanas ni mobiliario, eran apenas refugios donde se agolpaban hasta quince personas. La alimentación se reducía a berzas con sebo, y el pan,mezcla de centeno y salvado, ni siquiera era aceptado por los perros que acompañaban a la comitiva parlamentaria.

En La Baña, con más de 1.200 habitantes, se vivía bajo un sistema de trueque. El dinero solo servía para pagar impuestos. Las mujeres hilaban sus propios vestidos, y la mayoría de las casas no pagaban más de un real al año de contribución.

Aunque algunos pueblos contaban con maestros, los locales eran tan insalubres que la enseñanza se volvía casi imposible. La cultura, como la sanidad, era un lujo inalcanzable.

El director general de Sanidad, Marcelino Pascua, visitó la zona por encargo del Gobierno. Aunque reconoció el abandono, matizó que no todo era tan sombrío. “No estamos ante un infierno como Las Hurdes extremeñas, sino ante un purgatorio del que se puede salir”, declaró.

Pascua propuso soluciones concretas: instalar una farmacia en Truchas, aumentar el número de médicos y mejorar las comunicaciones. “El aislamiento es la causa de la miseria moral y material”, sentenció.


Biblioteca Nacional de España, 1932.


domingo, 31 de agosto de 2025

Los crímenes de Carabanchel

 El 13 de marzo de 1932, los vecinos de Campamento (Carabanchel) quedaron conmocionados con el hallazgo del cadáver de Luciana Rodríguez Narros, encajera de Herreruela (Toledo). Había sido degollada y despojada de todos sus objetos de valor en la llamada “vereda del soldado”. La primera investigación apuntó erróneamente contra sus primos, Leoncio y Bienvenida Alía, que fueron acusados injustamente. El caso permaneció sin resolverse hasta que, meses más tarde, otro crimen sacudió Carabanchel y permitió conectar los hechos.

El 5 de agosto de 1932, el tabernero Mariano Mejino apareció degollado y golpeado con un hacha en una casa del Arroyo de las Pavas. En el lugar fueron detenidos Julián Ramírez y Leandro Iniesta, cubiertos de sangre. En los interrogatorios confesaron este asesinato y también el de la encajera Luciana, cometido meses antes.

Ambos seguían el mismo modus operandi: engañaban a sus víctimas con promesas de negocios (una venta de encajes, una camioneta), las atraían a lugares apartados y allí las asesinaban con gran violencia para robarles.

Los procesos judiciales fueron muy seguidos por la prensa de la época.

  • Por el asesinato de Luciana Rodríguez (noviembre de 1932):

    • Julián Ramírez: condenado a 28 años de reclusión mayor y al pago de 5.000 pesetas de indemnización.

    • Leandro Iniesta: condenado a 26 años de reclusión mayor y al pago de 3.000 pesetas de indemnización.

  • Por el asesinato de Mariano Mejino (febrero de 1934):

    • Ambos recibieron nuevamente 26 años y 8 meses de prisión, además de sanciones económicas.

En total, cada uno acumulaba más de 50 años de condena, lo que equivalía a una cadena perpetua de facto, ya que la Segunda República había abolido la pena de muerte.

Aunque nunca fue acusada formalmente, la figura de Blasa Pérez apareció una y otra vez en la prensa. Propietaria de varias casas en el Arroyo de las Pavas, se decía que tenía un “millón de pesetas” guardado y que su avaricia la convertía en sospechosa.

  • Fue llamada a declarar en varias ocasiones por sus vínculos con Julián Ramírez (inquilino de una de sus propiedades) y su administrador, Alipio de Miguel.

  • La prensa la convirtió en un personaje morboso: una anciana adinerada, rodeada de intrigas y delincuentes, aunque la Justicia nunca halló pruebas en su contra.

  • Ella misma se defendía en los periódicos, afirmando que “vivía de su trabajo y sus ahorros”, y que el supuesto “millón” era una exageración popular.

En definitiva, Blasa fue un personaje mediático, no judicial. Su figura sirvió para dar un tono folclórico y sensacionalista al caso, pero nunca fue condenada.

Los llamados “degolladores de Carabanchel”, Julián Ramírez y Leandro Iniesta, quedaron retratados como dos criminales movidos por la codicia y la brutalidad. 

Arriba: en el centro, el infortunado tabernero Mariano Mejino, asesinado por Julián Ramírez y Leandro Iniesta. Abajo: a la izquierda, Leandro Iniesta y a la derecha, Julián Ramírez, autores del  asesinato de Mariano Mejino, y, según su propia confesión, autores, también, del asesinato de la encajera Luciana Rodríguez. Biblioteca Nacional de España, 1932.

El golpe de Sanjurjo

 La sublevación militar que estalló en agosto de 1932 tuvo su reflejo en Madrid con el levantamiento de los jefes del cuartel de la Remonta, pero el verdadero centro de la sublevación estuvo en Sevilla, bajo el mando del general José Sanjurjo Sacanell, antiguo director de la Guardia Civil y una de las figuras militares más prestigiosas del momento.

La Segunda República española, instaurada en 1931, atravesaba una etapa de grandes tensiones políticas y sociales. Las reformas del gobierno de Manuel Azaña, especialmente las militares, agrarias y autonómicas, habían generado una fuerte oposición en sectores conservadores, monárquicos y militares. Muchos oficiales veían en estas medidas una amenaza a sus intereses y a la unidad de España.

En este clima, Sanjurjo se convirtió en el referente de un grupo de militares y civiles monárquicos que buscaban derrocar a la República y frenar el avance de las reformas.

El 10 de agosto de 1932, Sanjurjo encabezó la sublevación en Sevilla, logrando en un primer momento arrastrar a la guarnición local. Sin embargo, la mayoría de las guarniciones del país permanecieron fieles al gobierno, y en la propia Sevilla, la población no respondió al llamamiento golpista.

En pocas horas, los mismos militares que lo habían seguido comenzaron a abandonar la causa. Ante la falta de apoyo, Sanjurjo optó por entregarse a las autoridades leales. Fue detenido y conducido a prisión.

Mientras tanto, en Madrid, un grupo de jefes y oficiales comprometidos con la sublevación del cuartel de la Remonta intentó sumarse. Los guardias de Asalto y la Guardia Civil redujeron rápidamente a los insurrectos. Algunos de los jefes rebeldes fueron detenidos en el Palacio de Comunicaciones, donde intentaron tomar el control, y trasladados bajo custodia a la Dirección de Seguridad.

Sanjurjo fue condenado a muerte, pero su pena fue conmutada por cadena perpetua gracias a la intercesión de sectores conservadores y monárquicos. Años después, en 1934, recibiría un indulto y marcharía al exilio en Portugal, desde donde volvería a implicarse en conspiraciones contra la República.

El golpe de Sanjurjo mostró la fragilidad de la República. La “Sanjurjada” anticipó, en cierto modo, los movimientos que más tarde desembocarían en el golpe de Estado de 1936, mucho más organizado y respaldado por amplias facciones militares, que daría inicio a la Guerra Civil.

Biblioteca Nacional de España, 1932.


lunes, 25 de agosto de 2025

Las lavanderas del Manzanares

 Hubo un tiempo en que en Madrid, a orillas del río Manzanares, en los lavaderos públicos, se concentraba una industria tan humilde como imprescindible: la de las lavanderas. Mujeres de todas las edades, desde adolescentes en plenitud hasta ancianas cargadas de achaques, trabajaban de sol a sol en una faena tan dura como mal pagada. Eran madres, esposas, proveedoras del hogar, y sobre todo símbolos de una fortaleza callada que sostenía la vida urbana desde la trastienda de la sociedad.

No existía jubilación ni red de seguridad, y muchas continuaban fregando con muletas hasta que el cuerpo ya no respondía por un jornal que apenas daba para comer y poco más. La ropa, que pasaba por jabonaduras, coladas con sosa cáustica y largos tendederos al aire libre, regresaba a los hogares de la ciudad limpia, fresca y lista para una nueva semana. 

Biblioteca Nacional de España, 1932.


jueves, 14 de agosto de 2025

Historia de Tomasín Gómez y Celestina García

En los años 30, el pequeño Tomasín Gómez, de apenas tres años, vivía una situación de maltrato constante en casa de su madre, Carmen, y del compañero de esta, Juan Pro. Dormir en el suelo, recibir palizas e incluso ser sumergido en agua fría mientras dormía formaban parte de su día a día.

Celestina García, que lo había criado desde el día siguiente a su nacimiento, se enteró de la gravedad de la situación y decidió actuar. Enviando a familiares a recoger al niño, lo rescató en pijama y lo llevó primero a la Comisaría y después a su casa. La denuncia provocó la detención de Carmen y de Pro esa misma noche.

El caso conmovió a todo Torrijos: la gente lo reconocía por la calle, lo colmaba de cariño y elogiaba la valentía de Celestina. La justicia le otorgó la custodia definitiva, y bajo su cuidado, Tomasín creció protegido y querido.

Biblioteca Nacional de España, 1932.


África Llamas de Rada (1911-2010)


África Llamas de Rada nació en León el 23 de agosto de 1911, el mismo año en que un avión sobrevoló por primera vez la capital leonesa. Provenía de una familia acomodada y numerosa ,era la menor de doce hermanos, y su padre, abogado de prestigio, se trasladó a Madrid cuando África tenía un año.

De espíritu independiente, a los 16 años debutó como actriz en la película muda Los vencedores de la muerte (1927), junto al galán Juan de Orduña, cobrando por ello 500 pesetas, una suma considerable en plena dictadura de Primo de Rivera, aunque nunca volvió a actuar.

En los años treinta, movida por su pasión por volar, se matriculó en el Aeroclub de Madrid (actual aeropuerto de Barajas). Para acceder al curso mintió sobre su edad.no había cumplido los 21 requeridos y ocultó su actividad a sus padres, financiando las clases con ayuda de una hermana. Fue la única mujer de su promoción y aprendió a volar en monoplanos y biplanos como la De Havilland.

El 22 de junio de 1932, se convirtió en la quinta mujer piloto de España y la primera leonesa en lograrlo. Sin embargo, ese mismo año contrajo matrimonio con un capitán de navío que no aprobaba su afición, lo que la obligó a dejar de volar. Falleció en 2010, a los 98 años.

Biblioteca Nacional de España,  1932 


miércoles, 13 de agosto de 2025

Entrevista a José Antonio Primo de Rivera en 1932

 En 1932, José Antonio Primo de Rivera, entonces un joven abogado de 29 años, era conocido sobre todo por ser hijo del general Miguel Primo de Rivera, jefe del Gobierno durante la Dictadura (1923-1930). 

En una entrevista realizada por la periodista Blanca Sirveira-Armesto confesaba que llevar un apellido célebre había sido más un estímulo que un peso. Consideraba que el nombre multiplicaba tanto aciertos como errores, y que su mayor empeño residía en su vida profesional. Durante el primer año de la Dictadura de su padre había ganado 1.085 pesetas, cantidad modesta que justificaba por su deseo de trabajar con independencia y sin aprovecharse de su posición.

Recordaba su infancia con afecto y humor. A los siete años escribía pequeños dramas en verso inspirados en Calderón y otras obras clásicas. Su primera vocación había sido la carrera militar, aunque pronto se inclinó firmemente hacia el Derecho. De su padre guardaba la imagen de un hombre sereno y optimista, “una fuerza latente de juventud y vida”, capaz de imponer respeto y, a la vez, de irradiar simpatía.

El Derecho era para él “Arquitectura, Ciencia y Arte”, una carrera que describía como “una novia” por la ilusión que le despertaba. Había comenzado a trabajar muy joven, con sueldos de 75 a 125 pesetas, y aseguraba que siempre encontraba facilidades, aunque mantenía una constante insatisfacción consigo mismo, fruto de su afán de superación.

En cuanto a sus aspiraciones, evitaba hablar de ideales rígidos, pero admitía que deseaba servir a España “de un modo grande e intenso”, preferiblemente desde un puesto de mando, aunque subordinaba ese anhelo a su carrera jurídica.  Soñaba con viajar por el mundo, no solo para ver, sino para vivir y sentir la vida en otros países, empapándose de sus ambientes y costumbres.

Biblioteca Nacional de España, 1932.



domingo, 10 de agosto de 2025

La fuente de los geólogos: un homenaje en piedra y agua a los pioneros de la ciencia en Guadarrama

 En la carretera que une Madrid con La Granja, cerca del Puerto de Navacerrada y frente a la silueta majestuosa de los Siete Picos, se levanta un rincón donde la naturaleza y la ciencia se dan la mano. Entre pinos altos y fragantes, brota el agua clara y fresca de la Fuente de los Geólogos, un sencillo, pero valioso monumento erigido en memoria de cuatro hombres que dedicaron su vida al estudio y amor por la naturaleza: Casiano de Prado, José Macpherson, Salvador Calderón y Francisco Quiroga.

La iniciativa de levantar la fuente fue del catedrático Eduardo Hernández-Pacheco, figura clave en la geología y defensor de la conservación de la Sierra de Guadarrama. El proyecto lo llevó a cabo el joven arquitecto Julián Delgado Úbeda, reconocido por sus construcciones de montaña, donde piedra y entorno se integran en armonía. 

La inauguración, celebrada el 12 de junio de 1932.  Asistieron personalidades del mundo de la ciencia, la educación y el pensamiento, todos ellos devotos de lo que se conocía como la “religión montañera”, aquella forma de vida que el pedagogo Francisco Giner de los Ríos supo transmitir como filosofía y ejemplo. Aquel día también quedó marcado por la presencia de personalidades de la política, como Julián Besteiro, entonces presidente de las Cortes. La Masa Coral del Instituto-Escuela, dirigida por el maestro Benedito, acompañó la ceremonia con canciones serranas. 

Durante el acto, Hernández-Pacheco pronunció un discurso emotivo, recordando que los geólogos homenajeados no solo fueron investigadores de la Sierra, sino también sembradores de cultura y amor por el paisaje. 

Biblioteca Nacional de España, 1932.





viernes, 8 de agosto de 2025

Madrid y el drama de la vivienda insalubre en 1932

 En aquellos años, las calles de Madrid habían visto desaparecer tranvías, cambiar farolas y abrir nuevos bulevares. Sin embargo, bajo aquella fachada de modernidad, persistía un problema que no entendía de modas ni de mejoras estéticas: la vivienda insalubre. Casas-pueblo, aduares y construcciones improvisadas seguían albergando a millares de madrileños en condiciones que, como denunciaba el doctor Julio Ortega, “eran verdaderos criaderos de tuberculosis, raquitismo y otras enfermedades”.

El doctor Ortega, que entonces dirigía el Negociado Sanitario del Ayuntamiento, lo expresó sin rodeos:
"Madrid podría presumir de ser una de las capitales más saludables de Europa… si no fuera por la vivienda".

En ciertos distritos, la mortalidad superaba el 35 por mil habitantes, y no por epidemias repentinas, sino por la aglomeración, el hacinamiento y la falta de condiciones higiénicas básicas.

Ejemplos sobraban. En la calle de Segovia, una casa-pueblo albergaba noventa viviendas y más de seiscientas personas, de las cuales más de doscientos eran niños. En el barrio de la Perejilera, tres viviendas levantadas con latas viejas y tablas de desecho servían de morada a familias enteras.

Ortega recordaba que en Inglaterra, más de veinte años atrás, se había emprendido una cruzada sanitaria que incluyó el saneamiento de más de 50.000 inmuebles en apenas tres años. Incluso el teatro había participado en la campaña: Bernard Shaw, en su obra Widowers’ Houses, ridiculizó a los caseros que explotaban la miseria de los obreros. La presión social llevó a aprobar la expropiación forzosa de las casas inmundas, pagando solo el valor del terreno y los materiales de derribo.

En Madrid, Ortega consiguió sanear numerosos inmuebles y derribar barriadas enteras de chozas insalubres. Para ello, fue clave el padrón sanitario de viviendas, una especie de “historia clínica” de cada finca. Este registro detallaba desde el número de habitaciones con ventilación directa hasta el abastecimiento de agua, el tipo de retrete o la proximidad de industrias molestas. Las viviendas se clasificaban en cuatro categorías: desde las que cumplían las condiciones mínimas hasta las que debían demolerse de inmediato.

El empadronamiento no resultó fácil, pero contó con la colaboración de los propietarios, que en muchos casos reconocieron por escrito los defectos de sus fincas. El resultado fue casi 26.000 viviendas registradas, de las que un número preocupante requería reformas profundas o demolición.

El distrito de la Inclusa y el barrio de la Paloma encabezaban las estadísticas de mortalidad. Allí, casas-pueblo con hasta seiscientas personas se convertían en focos permanentes de infección. No faltaban calles emblemáticas ,Peñón, Carnero, Rosario o Ercilla, donde la infancia crecía en patios oscuros y húmedos, con el aire viciado y la luz del sol apenas como un recuerdo.

Ortega propuso dos vías:

  1. Crear un certificado sanitario de la vivienda, obligatorio para arrendar o vender inmuebles, tal como existía para industrias que afectaban la salud pública.

  2. Sustituir progresivamente las fincas insalubres por casas económicas e higiénicas, siguiendo el modelo de ciudades-jardín y ciudades-satélite como las de Inglaterra o Alemania.

La Cámara de la Propiedad Urbana mostró reticencias, pero Ortega insistió: “El dinero que se gasta en demoler casas inmundas se ahorra en hospitales y sanatorios. Lo que no podemos permitir es que la ley proteja al propietario de un cuchitril mientras castiga a un comerciante por vender una mercancía defectuosa”.

En sus informes proponían que las demoliciones se hicieran en paralelo a la construcción de viviendas económicas y salubres, inspiradas en modelos europeos como las cités-jardins de Inglaterra o las cooperativas obreras de Alemania.

La idea era trasladar temporalmente a las familias a alojamientos provisionales mientras se levantaban los nuevos barrios. Pero en la práctica, muchas veces el plan se quedaba en el papel, y la gente expulsada acababa en otros lugares iguales o más insalubres, lo que perpetuaba el problema.

Biblioteca Nacional de España.



Japón al borde del abismo en 1932: militarismo, asesinato político y riesgo de guerra mundial

 A comienzos de la década de 1930, Japón atravesó una de las crisis más profundas y peligrosas de su historia moderna. En medio de una creciente tensión interna y un panorama económico desfavorable, el país cayó progresivamente bajo el control de sectores militaristas e imperialistas que no dudaron en recurrir al asesinato y al terror para imponer su agenda. El hecho más simbólico de esta deriva fue el asesinato del primer ministro Inukai Tsuyoshi, en mayo de 1932.

Este crimen no fue un acto aislado. Se trató de una operación orquestada por los extremistas del partido militar, que buscaban arrastrar a Japón hacia una guerra de expansión territorial, principalmente en China y contra la Unión Soviética. Los mismos sectores ya habían impulsado la ocupación de Manchuria, desafiando incluso al propio gobierno japonés, al que consideraban demasiado débil y conciliador.

La crisis política coincidió con una grave situación económica, que aumentó la agitación social y dio fuerza a tendencias autoritarias dentro del ejército. Los militares, organizados como un bloque fascista, promovieron una política interior basada en la represión y el control absoluto, y una política exterior basada en la conquista y la hegemonía regional. Consideraban que Manchuria debía ser anexada para resolver los problemas de sobrepoblación, desempleo y falta de materias primas.

El emperador Hirohito no fue un simple espectador. Fue un actor central del sistema, aunque no siempre con el control absoluto. Su silencio y apoyo formal fueron claves para legitimar la expansión militar, incluyendo la ocupación de Manchuria y el avance hacia una guerra total.

Medios internacionales como el Daily Express de Londres y el Chicago Tribune alertaron sobre el peligro que representaba esta transformación. El periódico británico señaló que el asesinato de Inukai formaba parte de un plan más amplio para eliminar a todos los políticos que se opusieran a la dictadura militar. El gobierno civil, pese a algunos intentos de moderación, no pudo resistir la presión de los altos mandos.

En Shanghái, las tropas japonesas utilizaron tácticas brutales durante su intervención, lo que generó condenas internacionales. Incluso dentro de las propias filas militares se produjo el desplazamiento de oficiales considerados "demasiado humanos" para la guerra de exterminio que los fascistas promovían.

Desde Estados Unidos, el Chicago Tribune también observó con preocupación cómo, paralelamente al ascenso del militarismo, surgían tendencias anticapitalistas entre soldados y jóvenes oficiales. Algunos atentados terroristas contra bancos evidenciaron que la crisis no solo era política y militar, sino también social.

El temor de que Japón iniciara un conflicto abierto con la URSS se volvió cada vez más real. Las fronteras del norte de Manchuria se convirtieron en puntos de máxima tensión.  El riesgo era claro: un incidente menor podía detonar una guerra a gran escala, como había ocurrido en 1914 con el conflicto entre Austria y Serbia.

Así, Japón se convirtió, en esos años, en un ejemplo de cómo una crisis interna, mal gestionada, podía transformarse en una amenaza global. La ambición imperial, el asesinato político y el ascenso del fascismo militar pusieron en jaque la paz de Asia… y del mundo.

Biblioteca Nacional de España.


La revuelta del 29 de mayo: la República mantiene el orden

La madrugada del 29 de mayo amaneció con el país al borde de un abismo. Una nube de tensión, alimentada por rumores y temores, se cernía sobre la joven República. La amenaza: una revolución anarquista bien organizada, amplia y peligrosa, que pretendía sumir a España en el caos y derrocar al régimen republicano. Pero la nube pasó. La República resistió. Y lo que pudo haber sido un trágico levantamiento quedó en un intento fallido.

El ministro de la Gobernación, Santiago Casares Quiroga, se convirtió en figura central de esta historia. En declaraciones posteriores, reveló los detalles de la ofensiva preventiva que permitió desarmar la maquinaria revolucionaria antes de que estallara. Todo comenzó con el hallazgo de explosivos en Andalucía, lo que dio a las autoridades la pista para desarticular la red insurreccional.

“Desde el momento en que descubrimos las primeras bombas, sabíamos que la clave era arrebatarles el poder de fuego. Sin explosivos, su capacidad de daño quedaba muy limitada”, explicó Casares Quiroga.

El plan de los sublevados era claro: provocar manifestaciones en puntos estratégicos del país, forzar una represión violenta que encendiera la indignación popular, y declarar una huelga general. El objetivo final: voltear la República apelando al sentimentalismo de las masas.

Pero la estrategia fracasó. Las masas no se sumaron. En ciudades clave como Madrid, Barcelona y Sevilla, las manifestaciones no lograron materializarse. En Madrid, no fue necesario abrir fuego. En Barcelona, la entrada de los tranviarios a sus puestos de trabajo fue, para el ministro, la señal inequívoca del fracaso.

“La revolución murió antes de nacer”, sentenció Casares. “A las diez de la mañana del domingo, todo estaba ya resuelto”.

La prensa, que había temido lo peor, respiró aliviada. La bolsa retomó su curso. El país volvió a su rutina. Pero el episodio dejó una enseñanza clara: la República debía mantenerse firme frente a quienes pretendieran imponer sus ideas por la vía de la violencia, incluso cuando estas vinieran desde sectores que, en el pasado, también habían sufrido la represión del régimen monárquico.

El ministro advirtió que, bajo la República, existían caminos legales para la reivindicación política: la prensa, las elecciones, el debate público. Pero insistió en que cualquier intento de salirse de esos cauces sería enfrentado con todo el peso de la ley.

“Antes, la ilegalidad podía parecer justificada. Hoy, bajo un régimen legítimo y democrático, ya no hay excusa. Si persisten en colocarse fuera de la ley, sufrirán su rigor”, afirmó.

Las ciudades recuperaron su calma. Pero también quedó claro que los enemigos del nuevo orden no habían desaparecido: solo se replegaban, aguardando otro momento.

Biblioteca Nacional de España, 1932.


jueves, 7 de agosto de 2025

Amelia Earhart: la mujer piloto que cruzó el Atlántico en solitario

 En mayo de 1932, Amelia Earhart voló sola sobre el Atlántico, desde Harbour Grace (Canadá) hasta Londonderry (Irlanda), convirtiéndose en la primera mujer en hacerlo sin compañía. 

La hazaña, que pareció rivalizar con la de Lindbergh, surgió de un impulso personal. Despegó sola, sin más equipaje que la decisión y el combustible. Durante el vuelo, enfrentó una avería en el tubo de escape y problemas menores con el indicador de gasolina, pero nunca flaqueó. Cuando vio tierra, la matemática del aire le dictó el aterrizaje, y obedeció: Irlanda era su destino.

Aterrizó en unos terrenos privados. El propietario se acercó y le tendió la mano. Esa fue la primera sonrisa tras horas de niebla y soledad. Amelia sonrió también. Con la naturalidad de quien no se jacta, como si no acabara de cruzar un océano.

Biblioteca Nacional de España, 1932.


miércoles, 6 de agosto de 2025

El escritor que vio a Hitler como un mesías: la visión de Hanns Heinz Ewers en 1932 y su caída


En los años previos al ascenso definitivo del nazismo, no solo los políticos o militares vieron en Adolf Hitler una figura salvadora para Alemania. También algunos intelectuales y artistas lo exaltaron como el gran redentor del espíritu nacional. Uno de ellos fue Hanns Heinz Ewers, novelista alemán conocido por obras como Mandrágora, quien llegó a describir a Hitler con tintes casi místicos.

En un artículo publicado en la prensa francesa a principios de los años 30, Ewers ofreció un retrato entusiasta del entonces líder del Partido Nacionalsocialista. Lo presentó como el hombre que emergía desde la marginación social para unir a una Alemania desmoralizada y dividida. Más allá de su retórica política, Hitler era para él un símbolo de orden, sacrificio y deber.

En un texto escrito para un periódico francés, el reconocido novelista alemán Hanns Heinz Ewers, autor de Mandrágora, trazó una semblanza notablemente elogiosa de Adolf Hitler, a quien describía como “el hombre del día en Alemania”.

Ewers relataba su primera visita a Hitler con una mezcla de reverencia y admiración, comparando la emoción del encuentro con la que se tiene al conocer a las grandes figuras del mundo. Según el escritor, Hitler no era un político más, sino el redentor de Alemania, surgido de una condición social humilde para encarnar la dignidad y la unidad nacional.

A diferencia de otros líderes, resaltaba Ewers, Hitler no ofrecía promesas a sus seguidores, sino deberes y sacrificio. Les exigía entrega total a la causa nacional, incluso hasta la vida misma. Para Ewers, el éxito del nazismo radicaba en ese llamado al deber colectivo por encima de intereses individuales o de clase. Presentaba a Hitler como un hombre sin ambiciones personales, movido únicamente por un amor absoluto a la patria alemana.

El novelista destacaba cómo Hitler había superado las divisiones políticas, sociales y religiosas, desechando la lucha de clases como un “crimen contra la patria”. Lo describía como el único capaz de unificar a Alemania y, en consecuencia, como un salvador de Europa frente al comunismo. Cerraba su semblanza afirmando que si Europa lograba liberarse del bolchevismo, sería gracias a dos hombres: Benito Mussolini y Adolf Hitler.

Durante los últimos años de la República de Weimar, Hanns Heinz Ewers se unió al Partido Nazi en 1931, atraído por su nacionalismo y su admiración por la cultura germánica. Sin embargo, pronto surgieron conflictos debido a su rechazo al antisemitismo y a sus tendencias homosexuales, lo que provocó su caída en desgracia dentro del partido. En 1934, sus obras fueron prohibidas y sus propiedades confiscadas, aunque más tarde logró que se revocaran parcialmente estas medidas gracias a sus contactos. Su último libro fue publicado en 1943, año en que murió de tuberculosis.

Pese a su importancia en la literatura de terror y fantasía, su vínculo con el nazismo dañó gravemente su reputación, y sus obras cayeron en el olvido.


Biblioteca Nacional de España, 1932.



martes, 5 de agosto de 2025

Tráfico humano en tiempos de civilización. El mundo esclavista de 1932

 Aunque parecía inverosímil, en pleno siglo XX la esclavitud aún persistía en varias regiones del mundo, desafiando los ideales de progreso y civilización que Europa proclamaba con orgullo. Lejos de ser un vestigio de épocas bárbaras, la trata de seres humanos se practicaba en zonas de África oriental, Arabia y los territorios adyacentes al Mar Rojo.

Este drama humano fue revelado por el periodista y aviador francés Joseph Kessel, quien emprendió un arriesgado viaje por aquellas regiones en 1932, decidido a comprobar con sus propios ojos lo que los informes diplomáticos y militares solo susurraban. Lo que descubrió superó toda sospecha: la esclavitud era aún una práctica viva, estructurada y protegida por redes tribales, religiosas y políticas.

Kessel narró con estremecimiento su experiencia en el Harrar, en Abisinia (actual Etiopía), donde contempló una escena inolvidable: esclavos negros bailaban alrededor de una hoguera, bajo las ramas de una gigantesca higuera. No eran artistas ni nativos danzando por tradición. Eran hombres y mujeres sometidos, que celebraban por unas horas su efímera libertad nocturna.  Sus cuerpos exhaustos, sus miradas vacías y su dignidad rota confirmaban lo que durante siglos significó la palabra esclavitud: dolor, deshumanización y silencio. En ese momento, Kessel comprendió que no enfrentaba una metáfora colonial, sino una realidad que Europa se negaba a reconocer.

El detonante de la investigación surgió en una visita que Kessel realizó a la corte del emir Abdallah de Transjordania. Allí, el monarca le mostró con naturalidad su guardia personal, compuesta por hombres negros, y le confesó que eran esclavos traídos “del otro lado del mar”. Años más tarde, en el desierto sirio, otro jefe tribal le mostró una escolta similar, también formada por esclavos africanos.

Estos encuentros llevaron al periodista a profundizar sus pesquisas. En Beirut, Damasco y Djibuti, oficiales franceses e ingleses confirmaron que, a pesar de las leyes y la vigilancia naval, la trata de esclavos africanos continuaba operando entre Sudán, Abisinia, Yemen y la península arábiga. Desde las montañas hasta los puertos, los tratantes transportaban “mercancía humana” en caravanas, la embarcaban de noche y la vendían al mejor postor en subastas públicas, como la de Djedda, en Arabia.

Para adentrarse en ese mundo oculto, Kessel contó con un aliado singular: Henri de Monfreid, un catalán errante convertido en leyenda del Mar Rojo. Antiguo contrabandista, comerciante de armas y aventurero, Monfreid se había ganado el respeto y el temor de las tribus, los traficantes y hasta de las autoridades coloniales. Hablaba árabe, conocía los dialectos locales, vestía como nativo y navegaba las rutas clandestinas del tráfico humano y la pesca de perlas.

Fue él quien permitió a Kessel y a su equipo penetrar en los rincones más secretos del comercio esclavista. Conocieron a los intermediarios, los métodos de captura y transporte, y los mercados donde niños, mujeres y hombres eran vendidos con la misma frialdad con la que se subastaba ganado.

El reportaje de Kessel, publicado originalmente en Le Matin, causó conmoción en Francia y fue traducido por diversos medios internacionales. Denunciaba con claridad que la esclavitud no había sido abolida del todo, y que incluso en territorios bajo control francés, inglés e italiano, se toleraban estas prácticas por conveniencia política o simple desinterés.

La investigación se convirtió en una suerte de novela real, con paisajes exóticos y personajes de leyenda, pero su mensaje era profundamente incómodo: el siglo XX no había erradicado la barbarie, solo la había escondido bajo nuevas formas o la había dejado florecer donde los ojos europeos no querían mirar.

Biblioteca Nacional de España, 1932.


lunes, 4 de agosto de 2025

Las momias de Esquivias: una crónica de 1932

En abril de 1932, un grupo formado por la actriz Carmen Pomés, el fotógrafo Pepe Ortiz y el periodista  Juan G. Olmedilla  emprendió una excursión  desde Madrid hasta Esquivias, el pueblo toledano donde se casó Miguel de Cervantes. Lo que comenzó como una celebración cultural, un brindis en honor al autor del Quijote,  se convirtió en una inesperada inmersión en el mundo de los muertos: una visita al convento abandonado de la orden de los Capuchinos, donde descansaban, casi olvidadas, las momias del pueblo.

La crónica de aquel viaje, narra el hallazgo de más de una veintena de cuerpos momificados de forma natural. La mayoría, alojados en los nichos de una cripta polvorienta, otros sentados, maniatados o en posturas que a algunos lugareños les sugerían muertes poco convencionales. Incluso algunos testimonios hablaban de momias que conservaban corsés de seda o que parecían haber sido enterradas vivas.

Los habitantes de Esquivias recordaban con cierto desdén cómo, años atrás ,y especialmente durante la dictadura de Primo de Rivera, se produjo una curiosa y absurda danza burocrática en torno a las momias del convento. Cinco de ellas fueron trasladadas al salón de sesiones del Ayuntamiento, con la pretensión de convertirlas en un monumento nacional. Sin embargo, lejos de recibir un homenaje digno, el nuevo entorno aceleró su deterioro. Poco después, fueron devueltas discretamente a la cripta, donde el polvo, la penumbra y el olvido parecían conservarlas mejor que cualquier vitrina. Además, algunos vecinos hablaban de niños entre las momias; otros, y ya se sabe del poder de la imaginación humana, de apariciones espectrales entre los escombros del convento. 

El convento fue destruido en 1936, durante la Guerra Civil. En el lugar que antes ocupaban las dependencias monacales se construyeron las llamadas “Antiguas Escuelas”. En ese mismo periodo, la iglesia del convento fue incendiada, quedando parcialmente en ruinas, tal como se conserva en la actualidad.

Desde entonces, el templo ha tenido un uso muy limitado: en 1940 sirvió temporalmente como almacén de grano. El resto del conjunto conventual se mantuvo en funcionamiento como escuela durante varias décadas. De forma esporádica, también fue utilizado como cárcel provisional o cuartel de la Milicia Nacional. 

Hoy, parte de lo que fue la antigua sacristía alberga el Hogar del Pensionista, mientras que las capillas del lado del Evangelio funcionaron como Juzgado de Paz hasta tiempos recientes.



Biblioteca Nacional de España, 1932