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miércoles, 29 de octubre de 2025

Crónica de un barrio a oscuras. 1933, el barrio de Salamanca al caer la tarde

 Caía la tarde sobre el barrio de Salamanca, y con ella, el silencio inquietante que se apoderaba de sus calles. Las avenidas de Maldonado, Príncipe de Vergara y la Plaza de Salamanca quedaban desiertas, sin rastro alguno de uniformes de la Guardia Civil o de Seguridad. Los pocos vecinos que se veían obligados a transitar por allí lo hacían con paso apresurado, temerosos de un encuentro indeseado del que no podrían defenderse, ni por sus propios medios ni con ayuda de una vigilancia que, sencillamente, no existía.

Desde la calle de Velázquez hasta el Paseo de Ronda, y desde la calle de María de Molina hasta Goya, la oscuridad y el abandono reinaban. Era difícil encontrar siquiera una linterna encendida, y mucho menos una patrulla. En esa penumbra, los maleantes encontraban campo libre para actuar sin obstáculos.

Ya entrada la noche, pasear por el barrio se convertía en una temeridad. En las esquinas, en los descampados y en los portales de calles como Diego de León, Juan Bravo, Serrano o Padilla, el transeúnte se exponía a ser víctima de un atraco en cualquier momento. La iluminación era escasa y la vigilancia, nula. El único indicio de autoridad era una pareja de guardias apostada frente a la vivienda de un ministro en la calle Diego de León. Más allá de eso, el barrio quedaba a merced de la suerte.

Los vecinos se miraban con recelo, cruzando la acera con desconfianza, como si cada sombra pudiera esconder una amenaza. 

Una portera de la calle Lista relataba cómo, al anochecer, todos cerraban puertas y echaban cerrojos. “Aquí no se puede salir de noche”, decía. “A las señoras les quitan los bolsillos”. Otra vecina añadía que ni siquiera podía mandar a su hija a hacer un recado después del anochecer, pues regresaba corriendo, asustada hasta de su propia sombra.

Un portero de la calle Juan Bravo resumía la situación con resignación: “Esto está abandonado. Solo los novios se atreven a pasear por aquí, porque el amor les da valor. Pero muchos vecinos ya no van al teatro ni al cine, por miedo a la vuelta”. Contaba también cómo, en la esquina de Jorge Juan con Velázquez, habían golpeado a un hombre con una barra de hierro, y cómo en Serrano se habían escuchado disparos contra un sereno.

La impotencia era general. Sin armas para defenderse y sin presencia policial, los vecinos solo podían esperar que, en caso de emergencia, los guardias de la comisaría , lejana y de difícil acceso, llegaran a tiempo. Pero mientras se daba el aviso y se organizaba la respuesta, los ladrones ya habrían desaparecido con su botín.

Así era el barrio de Salamanca en aquellas noches: elegante por el día, pero abandonado y temido al caer el sol. Una zona noble convertida en tierra de nadie, donde la oscuridad no solo apagaba las luces, sino también la esperanza de sentirse seguro.

Biblioteca Nacional de España, 1933.


Evolución histórica de la prolongación de la Castellana

 La prolongación del Paseo de la Castellana ha sido uno de los proyectos urbanísticos más emblemáticos en la historia moderna de Madrid. Concebido en los años 30 como parte de una ambiciosa reforma urbana, este eje norte-sur ha evolucionado  hasta convertirse en una arteria vital de la ciudad  Hoy, nuevos planes como el proyecto "Parque Castellana" continúan, adaptándolo a las necesidades del siglo XXI.

 El proyecto original (1933)

Durante la Segunda República, el Ministerio de Obras Públicas, bajo la dirección de Indalecio Prieto, impulsó un plan para prolongar el Paseo de la Castellana y transformar los terrenos del antiguo Hipódromo en un conjunto monumental de edificios oficiales. El objetivo era dotar a Madrid de una estructura digna de una gran capital europea.

Biblioteca Nacional de España, 1933.

Principales características del proyecto:

  • Extensión prevista: 2.700 metros de prolongación atravesando Chamartín.

  • Plazas monumentales:

    • Plaza del Pueblo: 350 × 120 m, con arquerías y ministerios inspirados en El Escorial.

    • Plaza de la República: 200 × 110 m, presidida por el Ministerio de Agricultura.

  • Edificaciones: Ministerios de Gobernación, Obras Públicas y Dirección General de Seguridad.

  • Infraestructura complementaria: Nueva estación ferroviaria, estación distribuidora en Fuencarral, acceso a la Sierra.

  • Presupuesto estimado: 90 millones de pesetas.

  • Empleo generado: Hasta 5.000 trabajadores en su punto máximo.

El proyecto prometía resolver el desempleo forzoso y posicionar a Madrid como una urbe moderna, lógica y funcional.

Biblioteca Nacional de España, 1933.

Obstáculos y evolución posterior

Aunque se fijó un plazo de tres años para completar las obras, la Guerra Civil (1936–1939) y los cambios políticos impidieron que el plan se ejecutara tal como se había concebido. Sin embargo, durante el franquismo y las décadas siguientes, partes del proyecto fueron retomadas y adaptadas.

Cambios y consolidación:

  • La zona de Nuevos Ministerios se convirtió en núcleo administrativo.

  • El Paseo de la Castellana se extendió y conectó con zonas como AZCA y Chamartín.

  • La estación de Chamartín se modernizó y se integró en la red de alta velocidad.

  • El trazado urbano se transformó en un eje clave para la movilidad y el desarrollo económico.

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El presente: Parque Castellana y nuevos desarrollos

En julio de 2025 comenzaron las obras del proyecto Parque Castellana, que busca renovar y humanizar el tramo entre Sinesio Delgado y el Nudo Norte.

Detalles del proyecto actual:

  • Túnel soterrado: 675 metros de longitud.

  • Parque lineal: 70.000 m² de zonas verdes.

  • Objetivo: mejorar la movilidad, reducir la contaminación y recuperar espacio para el peatón.

  • Fecha estimada de finalización: diciembre de 2027.


domingo, 26 de octubre de 2025

Clara Campoamor y su proposición de desarme total de España

 En diciembre de 1932, Clara Campoamor presentó ante el Parlamento una proposición de desarme total de España, en medio del debate sobre el presupuesto de Guerra. Su enmienda, respaldada por algunos diputados de distintas tendencias, pedía que se destinara únicamente una cantidad simbólicapara “atenciones del desarme total y absoluto de España”. La Cámara rechazó su propuesta, pero diecinueve diputados votaron a favor, lo que, según ella, demostraba que aún existía un pequeño grupo pacifista en las Cortes.

Campoamor lamentó profundamente que ningún diputado socialista apoyara su iniciativa. Consideró que el socialismo había sido incoherente con sus propios principios al no respaldar una medida que encarnaba el ideal pacifista. Criticó a estos parlamentarios por anteponer la disciplina de partido a los valores que decían defender.

Clara Campoamor sostenía que España era un país esencialmente pacifista. Tras el desastre del 98, afirmaba, el pueblo español había aprendido que la guerra solo traía sufrimiento y ruina. Por eso consideraba inútiles y peligrosos los aumentos del presupuesto militar, que calificaba de “dinero tirado al foso”.

Defendía que la verdadera defensa de la nación debía residir en su propia debilidad, no en el poder de las armas. Argumentaba que un ejército fuerte sobre las espaldas de un pueblo débil terminaba por aplastarlo y sojuzgarlo, y que el fortalecimiento del aparato militar podía abrir el camino al fascismo y al dominio de una clase sobre las demás. Para ella, crear un ejército poderoso era crear el peligro mismo que se pretendía evitar.

Campoamor se declaró pacifista hasta la intransigencia. Recordaba los horrores de la Primera Guerra Mundial y advertía que cualquier política basada en el militarismo podía conducir nuevamente a la catástrofe. Propuso reducir el servicio militar a seis meses, con la meta de su futura desaparición, y reclamó igualdad en el sorteo para África, de modo que también los soldados de cuota ,los más ricos, cumplieran con sus obligaciones.

Biblioteca Nacional de España,  1932.


sábado, 25 de octubre de 2025

Francisco Macià ante la bandera de España (6 de diciembre de 1932)

El 6 de diciembre de 1932 se inauguró oficialmente el Parlamento de Cataluña bajo la presidencia de Francesc Macià, primer presidente de la Generalitat restaurada tras la aprobación del Estatuto de Núria ( fue redactado en el santuario de la Virgen de Núria, un valle pirenaico situado en el municipio de Queralbs, Girona, en el Pirineo catalán).

Barcelona amaneció festiva: banderas de España y de Cataluña ondearon juntas en balcones y edificios, símbolo de la unión entre la República Española y la autonomía catalana. Miles de ciudadanos llenaron el Parque de la Ciudadela para presenciar el desfile y la apertura de las sesiones.

Francisco Macià, al pasar revista a las tropas republicanas, se cuadró ante la bandera de España y la saludó con respeto y dignidad. Aquel gesto protagonizado por un líder que en el pasado había defendido el separatismo fue interpretado como un acto de reconciliación y lealtad hacia la nueva España republicana, libre de las sombras del militarismo y la dictadura.

Dentro del Parlamento, Lluís Companys presidió la sesión inaugural. Macià pronunció un discurso breve, sereno y patriótico, que fue aplaudido por todos los diputados. 


Biblioteca Nacional de España, 1932


jueves, 16 de octubre de 2025

Las estadísticas del Tribunal Tutelar de Madrid en 1932

 Las cifras reflejaban la magnitud del problema de la llamada “delincuencia infantil” en la época y la labor constante del Tribunal:

  • Se abrían alrededor de 1.500 expedientes al año, a los que se sumaban los casos pendientes o reabiertos.

  • Anualmente se dictaban cerca de 1.800 acuerdos, ya que el Tribunal no emitía sentencias en sentido penal, sino resoluciones de carácter educativo o protector.

  • Desde su creación en julio de 1925, se habían tramitado unos 10.000 expedientes.

  • La mayoría de los menores atendidos eran niños madrileños, aunque alrededor del 15 % procedía de otras provincias, siendo Jaén la más representada.

  • En cuanto a las edades, el grupo más numeroso correspondía a los 14 años (25 % de los casos), mientras que los menores de 8 años representaban un 9 %. Las faltas aumentaban progresivamente entre los 10 y los 16 años, límite de competencia del Tribunal.

  • El 86 % de los menores juzgados eran varones.

  • Las infracciones más frecuentes eran las lesiones (32 %), seguidas de los hurtos (19 %), los daños materiales (17 %), el escándalo público (4,5 %), la desobediencia (3,5 %) y los malos tratos (3,5 %).

Cuando se consideraba necesario, los menores eran internados en instituciones de carácter reformador y educativo, como el Reformatorio del Príncipe de Asturias, el Asilo de Santa Cristina, el Asilo de las Oblatas del Santísimo Redentor o la Casa de Familia del propio Tribunal.

Biblioteca Nacional de España, 1932.


lunes, 4 de agosto de 2025

Dorotea Barnés González

 Dorotea Barnés González (Pamplona, 21 de diciembre de 1904 – Fuengirola, 4 de agosto de 2003) fue una de las pioneras de la química en España, destacando tanto en el ámbito de la investigación como en la docencia. Doctora y catedrática de instituto, su labor fue decisiva para introducir en España técnicas avanzadas como la espectroscopía Raman, contribuyendo a modernizar los departamentos de química del país.

Durante la Guerra Civil se exilió en Francia, y aunque regresó a España en 1940, fue inhabilitada para ejercer como docente. Nunca volvió a dedicarse a la investigación científica, dejando truncada una prometedora carrera marcada por el rigor y la innovación.



martes, 22 de julio de 2025

Promulgación de la Constitución de 1931

 La votación de la Constitución de la Segunda República española tuvo lugar el 9 de diciembre de 1931 en el Congreso de los Diputados. Fue un momento histórico ya que marcaba el cierre del periodo constituyente iniciado tras la proclamación de la República el 14 de abril de 1931, y el inicio oficial de un nuevo régimen democrático y laico.

El acto comenzó con la lectura íntegra del texto constitucional por parte de un secretario, tras lo cual el presidente de las Cortes, Julián Besteiro, anunció el inicio de la votación. La sesión se desarrolló con el Congreso completamente abarrotado, reflejando la importancia del momento. Votaron afirmativamente 368 diputados, entre ellos figuras destacadas como Manuel Azaña, Largo Caballero, Lerroux y Fernando de los Ríos. Algunos grupos, como los agrarios y los tradicionalistas, se abstuvieron o ausentaron de la votación.

Tras conocerse el resultado, Besteiro proclamó oficialmente la promulgación de la nueva Constitución. En su discurso, el líder socialista destacó que la Carta Magna no era un punto final, sino el punto de partida hacia la consolidación de una España libre, democrática y moderna, en sintonía con el resto de los pueblos avanzados de Europa.

Dos días después, el 11 de diciembre de 1931, se celebró en el Congreso la ceremonia de toma de posesión de Niceto Alcalá-Zamora como Presidente de la República, elegido previamente por la Asamblea Constituyente. Durante el acto, Alcalá-Zamora pronunció su promesa solemne de cumplir y hacer cumplir la Constitución, y de consagrar su labor al servicio de la justicia y del país.

Paralelamente a estos acontecimientos, se vivió una crisis política iniciada por las dificultades de Azaña para formar un gabinete representativo. Su propuesta fue rechazada , lo que postergó la estabilidad del Ejecutivo. La crisis se resolvió en la madrugada del martes siguiente con la incorporación de Carner como ministro de Hacienda y Zulueta como ministro de Estado. 

Biblioteca  Nacional de España, 1931.



viernes, 4 de julio de 2025

Madrid 1931: la mendicidad como espejo de una sociedad rota

 En 1931, en plena efervescencia republicana, Madrid se enfrentaba a una de sus contradicciones más dolorosas: el avance de las ideas modernas convivía con una realidad social profundamente desigual. La pobreza no era solo una estadística; se vivía a pie de calle, en cada esquina, en cada terraza, en cada iglesia. La mendicidad se había convertido en parte inseparable del paisaje urbano.

Un artículo publicado por Francisco Aguera denunciaba lo que se percibía como una "invasión" de mendigos. Se hablaba con crudeza de la mezcla de compasión y hartazgo que provocaban estas figuras humanas: inválidos reales, ancianos sin pensión, niños famélicos, pero también farsantes que fingían ceguera o enfermedad para obtener unas monedas. Muchos madrileños, movidos por la piedad o el hábito, les daban limosna. Otros comenzaban a mostrar cansancio, sospecha, hasta rabia.

Pero la reflexión de fondo iba mucho más allá de distinguir entre el “pobre honesto” y el “mendigo profesional”. Lo que ese testimonio retrata es una sociedad fracturada, donde el Estado apenas ofrece protección social, donde la caridad sustituye al derecho, y donde la miseria es tan común que ya ni sorprende.

A la vez, se denunciaban casos escandalosos de abuso: personas perfectamente sanas que mendigaban por costumbre; mujeres que utilizaban niños ajenos como reclamo para pedir, e incluso quienes simulaban enfermedades para manipular la compasión ajena. Este tipo de prácticas generaban un clima de desconfianza hacia la pobreza, lo que endurecía la mirada pública incluso hacia los necesitados auténticos. Y eso derivaba en una peligrosa banalización del sufrimiento ajeno.

No había una red de servicios sociales capaz de garantizar lo más básico: salud, alimento y refugio para los que nada tenían. El Estado, débil y todavía en construcción, apenas podía ofrecer soluciones estructurales. Las pocas instituciones existentes estaban desbordadas, y muchas veces reservadas a quienes tenían “contactos” o “recomendaciones”.

Todavía hoy, casi un siglo después, la mendicidad no ha desaparecido.  Y sigue habiendo ciudadanos que oscilan entre la solidaridad y el escepticismo, entre la compasión y la sospecha.

El Madrid de 1931 nos lanza un espejo incómodo: nos recuerda que la pobreza no es solo una tragedia individual, sino un fracaso colectivo, y que el verdadero progreso no se mide solo por los avances tecnológicos o los logros políticos, sino por la forma en que una sociedad trata a sus más vulnerables.

Biblioteca Nacional de España, 1931.



lunes, 30 de junio de 2025

La huelga general de agosto de 1931 en Zaragoza provocó enfrentamientos violentos y sabotajes

 El conflicto comenzó con una huelga telefónica que derivó en una huelga general, provocando enfrentamientos violentos entre los obreros y la Guardia Civil. Durante estos hechos, varias personas resultaron heridas o muertas, incluyendo a Don Isidro Floria, un agente comercial que falleció en un tiroteo, y Don Tomás López, conductor de tranvía, gravemente herido. También resultó herido Don Enrique Moret, cobrador de la empresa Eléctricas Reunidas. La Guardia Civil patrulló las calles de Zaragoza para controlar la situación, mientras los huelguistas realizaron actos de sabotaje, como cortar cables telefónicos y arrancar un cable de la fachada, dejando los alambres tendidos en la vía pública.

Biblioteca Nacional de España, 1931




miércoles, 4 de junio de 2025

Entrevista a Fernando de los Ríos sobre la cuestión religiosa (junio de 1931)

 

Durante los primeros meses de la Segunda República Española, en un contexto de tensiones políticas y religiosas, el entonces ministro de Justicia, Fernando de los Ríos, concedió una entrevista en la que abordó uno de los temas más delicados de su mandato: la separación entre la Iglesia y el Estado.

De los Ríos fue discípulo de Francisco Giner de los Ríos y defensor del pensamiento liberal y laico. Había sido represaliado durante la monarquía, pero en 1931 ocupaba un papel destacado en la construcción del nuevo orden republicano. Su voz tenía peso tanto en España como en círculos políticos e intelectuales internacionales.

Durante la entrevista, De los Ríos explicó que no podía ofrecer una respuesta definitiva sobre la separación Iglesia-Estado, ya que se trataba de un proceso en curso, que dependía de tres instancias:

  • La Comisión Asesora Jurídica, que elaboraba el anteproyecto.

  • El Gobierno Provisional, que lo revisaría.

  • Las Cortes Constituyentes, que lo aprobarían o enmendarían.

Subrayó que el objetivo no era perseguir a la Iglesia, sino construir una república basada en la razón, la justicia y la libertad de conciencia. Creía firmemente que los principios laicos podían y debían cumplirse sin necesidad de conflicto.

En cuanto a las órdenes religiosas, admitió que su futuro dependería del nuevo marco legal. Rechazó especular sobre su posible disolución y pidió prudencia ante los rumores.  Descartó una política de agresión hacia la Iglesia y aseguró que el Gobierno no destruiría instituciones útiles ni perseguiría creencias.

Su mensaje final fue firme: la República no iba contra la religión, sino contra el privilegio y la imposición. El Estado debía garantizar la libertad de creencias, sin favorecer a ninguna confesión.

Su propuesta para la separación de la Iglesia y el Estado generó tensiones con sectores conservadores y eclesiásticos. Defendía que el Estado republicano debía ser neutral ante todas las creencias, y al mismo tiempo proteger la libertad de conciencia. Esta visión se reflejó en los debates de las Cortes Constituyentes, que en diciembre de 1931 aprobaron una Constitución que establecía un Estado laico, limitaba la influencia de la Iglesia en la educación y permitía la disolución de las órdenes religiosas que no se ajustaran al nuevo marco legal. 

En enero de 1932, el Gobierno de la República disolvió oficialmente la Compañía de Jesús en España, expropiando sus bienes y cerrando sus instituciones educativas. Estas medidas fueron percibidas como un ataque frontal al catolicismo. El conflicto ideológico fue en aumento. En los años siguientes, las tensiones entre la República y los sectores conservadores se agudizaron.

Con el levantamiento militar del 18 de julio de 1936 y el inicio de la Guerra Civil Española, Fernando de los Ríos se exilió temporalmente, aunque volvió brevemente para desempeñar tareas diplomáticas durante el conflicto. Fue nombrado embajador de la República en los Estados Unidos, donde intentó sin éxito obtener apoyo frente a las fuerzas sublevadas de Franco.

Tras la victoria franquista en 1939, De los Ríos se exilió definitivamente en Nueva York. Allí ejerció como profesor en la Universidad de Columbia y falleció en 1949. 

Biblioteca Nacional de España,  1931.



viernes, 30 de mayo de 2025

Madrid en llamas: la trágica jornada del 11 de mayo de 1931

La mañana del lunes 11 de mayo de 1931 despertó a Madrid con el humo denso y oscuro de una jornada de las más amargas del joven régimen republicano. Apenas habían pasado cuatro semanas desde que se había proclamado la Segunda República, el 14 de abril. La esperanza, la euforia cívica y la ilusión por una nueva era se respiraban todavía en las calles. Pero aquel lunes, la esperanza tropezó con el caos.

El fuego se convirtió en protagonista. En distintos puntos de la capital, conventos, iglesias y residencias religiosas fueron pasto de las llamas. La primera chispa —literal y simbólica— se encendió en la esquina de la Avenida de Eduardo Dato y la calle de Isabel la Católica, donde la residencia y templo de los jesuitas ardieron sin que nadie —ni ciudadanos ni autoridades— hiciera nada por impedirlo. Las fotografías de la jornada, sobrecogedoras, muestran a la multitud contemplando las llamas con una mezcla de indiferencia, curiosidad o impotencia. En cuestión de horas, otros conventos y templos fueron atacados en distintos puntos de Madrid, en una oleada que revelaba no solo la intensidad del anticlericalismo latente, sino también la fragilidad del orden público.

Este estallido de violencia no surgió de la nada. Fue el resultado de un ambiente político caldeado, donde la caída de la monarquía y la euforia republicana convivían con viejas tensiones sociales no resueltas. En aquellos días, la actitud del Gobierno provisional presidido por Niceto Alcalá-Zamora fue, según algunos cronistas, tan benevolente como ingenua. Su actitud enérgica frente a la herencia del antiguo régimen no siempre se tradujo en una política decidida ante los focos de desestabilización, subestimando los riesgos de permitir que se agitara la calle sin control. Se confiaba, quizá ingenuamente, en que el nuevo clima político bastaría para contener los excesos.

En su afán por mostrarse abierto y tolerante, el Gobierno permitió, sin mayores restricciones, la reaparición de discursos extremistas desde distintos frentes. De un lado, los sectores monárquicos, replegados, pero no vencidos, trataban de reorganizarse apelando a nostalgias y resentimientos. Del otro, las alas más radicales del republicanismo y el socialismo veían en el cambio de régimen la oportunidad de acelerar transformaciones más profundas, incluso a costa de ignorar los cauces institucionales.

Fue esa confluencia explosiva la que desembocó en los sucesos del 11 de mayo. Parte de la prensa de la época denunció, con tono entre la alarma y la indignación, la pasividad de las autoridades y la lentitud de su reacción. Mientras los incendios se propagaban, en algunas zonas de Madrid los objetos sagrados eran sacados de los conventos por vecinos alarmados, y religiosos atemorizados eran escoltados por civiles para protegerlos de las turbas. El caso de Sor Natividad, una anciana monja de 70 años abandonada en un convento en llamas y rescatada in extremis por el vecindario, se convirtió en símbolo de la tragedia humanitaria de aquella jornada.

A raíz de estos hechos, se multiplicaron las voces que exigían al Gobierno una acción firme. El artículo de Pedro Massa, publicado en la revista Crónica, expresaba con vehemencia esa preocupación: si la República quería consolidarse, debía priorizar el orden sobre cualquier otra consideración. Para Massa:

Si para mantener el prestigio y la autoridad del poder el Gobierno necesitara recurrir a las medidas más rigurosas, que lo haga sin demora y con firmeza, con la plena convicción de que así sirve al pueblo e interpreta fielmente sus designios.

Que sirvan de lección los tristes sucesos que motivan estas líneas, hechos que en modo alguno se habrían producido de no haber incurrido el Gobierno en el pecado de la benevolencia frente a quienes, desde el primer instante, no se recataron en escarnecer el nuevo orden republicano.

Los sucesos del 11 de mayo fueron mucho más que un estallido de violencia: fueron una advertencia. Y en las advertencias, la historia suele hablar con voz severa.

Biblioteca Nacional de España, 1931.


miércoles, 28 de mayo de 2025

Las elecciones municipales de 1931

 Durante los años previos, España vivía una profunda crisis política, social y económica. La dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923–1930), apoyada por el rey Alfonso XIII, había fracasado en sus intentos de modernización. Tras la caída de Primo de Rivera, el rey intentó restaurar un sistema parlamentario que ya carecía de legitimidad.

La oposición republicana y socialista estaba creciendo y cada vez más sectores del país, incluidos intelectuales, estudiantes y trabajadores urbanos, exigían un cambio de régimen. En este clima de descontento, se convocaron elecciones municipales para el 12 de abril de 1931.

Las elecciones del 12 de abril no fueron elecciones generales, sino municipales. Sin embargo, se convirtieron en un plebiscito de facto sobre la monarquía. 

En términos generales fue una jornada relativamente tranquila y sin grandes incidentes violentos. La participación fue alta, y en las ciudades reinaba una fuerte expectativa. Las fuerzas del orden se mantuvieron vigilantes, pero no hubo grandes altercados.

En los núcleos urbanos —donde el caciquismo tenía menos poder— las candidaturas republicanas obtuvieron una victoria clara, mientras que en muchas zonas rurales ganaron los monárquicos, en parte por influencia y control tradicional de las élites locales.

En cifras: los partidos republicanos obtuvieron la mayoría en 41 de las 50 capitales de provincia. Fue una derrota moral y política para el rey. Aunque en términos numéricos no fue una victoria arrolladora a nivel nacional, el resultado en las ciudades —centros de influencia política y simbólica— dejó claro el rechazo al régimen monárquico.

Dos días después, el 14 de abril, las manifestaciones populares y la presión social hicieron que el rey Alfonso XIII abandonara el país. Ese mismo día, se proclamó la Segunda República Española en numerosas ciudades, empezando por Eibar (Guipúzcoa), considerada la primera ciudad en proclamarla, y más tarde en Madrid con la llegada de los líderes republicanos como Niceto Alcalá-Zamora.

Biblioteca Nacional de España, 1931.