martes, 5 de agosto de 2025

Tráfico humano en tiempos de civilización. El mundo esclavista de 1932

 Aunque parecía inverosímil, en pleno siglo XX la esclavitud aún persistía en varias regiones del mundo, desafiando los ideales de progreso y civilización que Europa proclamaba con orgullo. Lejos de ser un vestigio de épocas bárbaras, la trata de seres humanos se practicaba en zonas de África oriental, Arabia y los territorios adyacentes al Mar Rojo.

Este drama humano fue revelado por el periodista y aviador francés Joseph Kessel, quien emprendió un arriesgado viaje por aquellas regiones en 1932, decidido a comprobar con sus propios ojos lo que los informes diplomáticos y militares solo susurraban. Lo que descubrió superó toda sospecha: la esclavitud era aún una práctica viva, estructurada y protegida por redes tribales, religiosas y políticas.

Kessel narró con estremecimiento su experiencia en el Harrar, en Abisinia (actual Etiopía), donde contempló una escena inolvidable: esclavos negros bailaban alrededor de una hoguera, bajo las ramas de una gigantesca higuera. No eran artistas ni nativos danzando por tradición. Eran hombres y mujeres sometidos, que celebraban por unas horas su efímera libertad nocturna.  Sus cuerpos exhaustos, sus miradas vacías y su dignidad rota confirmaban lo que durante siglos significó la palabra esclavitud: dolor, deshumanización y silencio. En ese momento, Kessel comprendió que no enfrentaba una metáfora colonial, sino una realidad que Europa se negaba a reconocer.

El detonante de la investigación surgió en una visita que Kessel realizó a la corte del emir Abdallah de Transjordania. Allí, el monarca le mostró con naturalidad su guardia personal, compuesta por hombres negros, y le confesó que eran esclavos traídos “del otro lado del mar”. Años más tarde, en el desierto sirio, otro jefe tribal le mostró una escolta similar, también formada por esclavos africanos.

Estos encuentros llevaron al periodista a profundizar sus pesquisas. En Beirut, Damasco y Djibuti, oficiales franceses e ingleses confirmaron que, a pesar de las leyes y la vigilancia naval, la trata de esclavos africanos continuaba operando entre Sudán, Abisinia, Yemen y la península arábiga. Desde las montañas hasta los puertos, los tratantes transportaban “mercancía humana” en caravanas, la embarcaban de noche y la vendían al mejor postor en subastas públicas, como la de Djedda, en Arabia.

Para adentrarse en ese mundo oculto, Kessel contó con un aliado singular: Henri de Monfreid, un catalán errante convertido en leyenda del Mar Rojo. Antiguo contrabandista, comerciante de armas y aventurero, Monfreid se había ganado el respeto y el temor de las tribus, los traficantes y hasta de las autoridades coloniales. Hablaba árabe, conocía los dialectos locales, vestía como nativo y navegaba las rutas clandestinas del tráfico humano y la pesca de perlas.

Fue él quien permitió a Kessel y a su equipo penetrar en los rincones más secretos del comercio esclavista. Conocieron a los intermediarios, los métodos de captura y transporte, y los mercados donde niños, mujeres y hombres eran vendidos con la misma frialdad con la que se subastaba ganado.

El reportaje de Kessel, publicado originalmente en Le Matin, causó conmoción en Francia y fue traducido por diversos medios internacionales. Denunciaba con claridad que la esclavitud no había sido abolida del todo, y que incluso en territorios bajo control francés, inglés e italiano, se toleraban estas prácticas por conveniencia política o simple desinterés.

La investigación se convirtió en una suerte de novela real, con paisajes exóticos y personajes de leyenda, pero su mensaje era profundamente incómodo: el siglo XX no había erradicado la barbarie, solo la había escondido bajo nuevas formas o la había dejado florecer donde los ojos europeos no querían mirar.

Biblioteca Nacional de España, 1932.


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