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miércoles, 28 de enero de 2026

Las playas del Manzanares: un verano madrileño entre maillots, piraguas y desnudistas despistados

 El Manzanares, se transformó al inicio del siglo XX en una especie de playa madrileña. Donde antes solo había silencio y algún pez despistado, en 1933 aparecieron señoritas en maillot, piraguas tambaleantes, concursos de natación y socorristas vestidos de marineros. Los periódicos incluso presumían de “pijamas elegantes” lucidos en la llamada Playa de Madrid. Bajo sus aguas, más que peces, circulaban cuerpos de todas las formas posibles.

La escena era un contraste continuo. Por un lado, los bañistas “finos”, capaces de pagar las tres pesetas que costaba el baño: jóvenes que no se mojaban ni un dedo, señoras que no cabían en las piraguas, caballeros serios con trajes de baño imposibles y señoritas con bañadores tan ajustados que parecían hechos con la tela de un guante. Por otro lado, la playa popular, río arriba, donde las familias humildes se bañaban sin preocuparse por el qué dirán. Allí, la madre se metía al agua con falda y sostén, el padre con calzoncillos largos, la niña con el guardapolvos del hermano y el pequeño con un maillot que parecía heredado de tiempos remotos. Reinaba la naturalidad absoluta.

La vigilancia no faltaba. Guardias de Asalto recorrían la ribera, no para proteger la ropa, sino para perseguir a los temidos “desnudistas”. Un día, un hombre que creía estar solo decidió bañarse con lo mínimo. Bastó que alguien lo viera para que el río entero se revolucionara. Gritos, carreras, insultos y una persecución digna de una cacería. El pobre hombre, más panza que cabeza, no sabía dónde meterse.

Los domingos eran un espectáculo aparte. Padres de familia nadaban con un pie apoyado en el fondo mientras pensaban en la tortilla y los filetes empanados que les esperaban en la orilla. Los niños se dormían al sol, los hombros se quemaban sin remedio y la vuelta a Madrid se hacía eterna, cargados de bártulos y cansancio.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933


lunes, 6 de octubre de 2025

El yoyó

 El yoyó, ese pequeño juguete compuesto por dos discos unidos por un eje y sujetos a una cuerda, ha sido durante siglos mucho más que una simple diversión. Aunque hoy se asocia con la infancia y con juegos en plazas, playas o colegios, su historia es mucho más antigua y sorprendente.

Los orígenes del yoyó se remontan a más de 2.000 años. Se han encontrado registros de su uso en la antigua Grecia y en diversas culturas asiáticas, donde no solo servía como entretenimiento, sino también como objeto ritual e incluso, en ciertos casos, como arma de caza. Sin embargo, fue en Filipinas donde adoptó la forma más cercana a la actual, y desde allí viajó a Europa y posteriormente a América.

Durante el siglo XX, el yoyó se popularizó masivamente gracias a su comercialización en París primero y en Estados Unidos después, donde grandes compañías de juguetes lo convirtieron en un verdadero icono de la cultura popular. Su éxito residía en la simplicidad de su mecanismo, que permitía tanto un uso básico como la posibilidad de realizar auténticas destrezas mediante trucos y acrobacias.

Pero el yoyó no fue solo un juego. En los años 30 se transformó en una moda social en playas y salones. Décadas más tarde, resurgió como deporte de habilidad, con campeonatos internacionales que aún hoy reúnen a jugadores capaces de ejecutar impresionantes figuras y trucos espectaculares.

Su popularidad también se vio favorecida por cambios en la moda femenina. Décadas atrás, el yoyó  había fracasado en Europa porque los vestidos voluminosos y las mangas abullonadas dificultaban su manejo. Con la ropa más ligera y flexible, las jóvenes pudieron moverlo con destreza, convirtiéndolo en un  juego social. En lugares como San Sebastián, las muchachas lo usaban en la playa, en tertulias o paseos, y lo incorporaron a su interacción cotidiana con gracia y habilidad.

En  1932, una joven relató, ver imagen,  que el yoyó le servía para distraer miradas masculinas demasiado insistentes, atraer la atención de quien le interesaba o incluso evitar el contacto visual directo incómodo. 

Actualmente, el yoyó combina tradición y modernidad. Se fabrica en materiales como plástico o aluminio, y existen modelos  diseñados para competición. 

Biblioteca  Nacional de España.



martes, 6 de mayo de 2025

La playa fluvial de La Poveda


La playa fluvial de La Poveda estaba junto al río Jarama, en las afueras de Madrid.
Según las crónicas, una vez fuera de Madrid camino de la "playa", el paisaje cambiaba por completo: el camino se abría entre árboles que parecían formar una guardia de honor hasta llegar al río.
El lugar era muy tranquilo, con zonas de césped y bastante sombra. Había una pequeña presa y una parte más llana y sombreada. El sitio lo frecuentaban sobre todo alemanes.
Biblioteca Nacional de España, 1930.