A comienzos del siglo XX, el descubrimiento del radio marcó un hito en la ciencia y la sociedad (fue aislado por Marie y Pierre Curie en 1898). Fascinados por sus propiedades, pronto comenzó a utilizarse en una sorprendente variedad de productos de uso cotidiano: desde pinturas para relojes y brújulas que brillaban en la oscuridad, hasta cremas faciales, tónicos revitalizantes e incluso agua “radiactiva” que prometía mejorar la salud. Sin embargo, con el tiempo se descubrieron los graves efectos para la salud derivados de la exposición prolongada a la radiación, lo que llevó a una regulación estricta de su uso y a un cambio radical en la percepción pública del elemento.
A finales del siglo XIX y principios del XX, la localidad de Moralzarzal (Madrid) contó con un balneario en torno al manantial de aguas minero-medicinales conocido como "La Fe". Estas aguas, ferruginosas y con ligera radiactividad, fueron consideradas beneficiosas para tratar diversas dolencias y se llegaron a dispensar en farmacias madrileñas.

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