domingo, 25 de enero de 2026

El Madrid F.C. afrontó una crisis interna en vísperas de la temporada de 1933

 El Madrid F.C. vivió en 1933 una etapa de incertidumbre tras la derrota en la final de Montjuïc. Aquella caída provocó la ruptura de la unanimidad dentro de la Junta Directiva, encabezada por Valero Rivera y Santiago Bernabéu, quienes desde entonces se consideraron en funciones y reclamaron la celebración urgente de una asamblea para devolver al club una dirección estable antes del inicio de la nueva campaña.

Bernabéu defendió entonces la importancia de la disciplina y de la renovación progresiva del equipo, recordando que la formación de un conjunto competitivo requería tiempo y que la afición debía aceptar que no siempre se podía ganar. El club intentó fomentar la presencia de jugadores madrileños, aunque la presión del público obligó a seguir recurriendo a fichajes de provincias, más costosos pero necesarios para mantener el nivel.

En el plano económico, la directiva reveló que el equipo generaba más de un millón de pesetas en ingresos anuales, pero también soportaba una nómina elevada y primas cuantiosas. La situación del campo de Chamartín añadió preocupación, ante el riesgo de una posible expropiación y la desproporción entre el valor real del terreno y la indemnización prevista.

Pese a las tensiones, el club incorporó nuevos valores —como el guardameta Campos, suplente de Zamora— y confió en que la Mancomunidad Castellana-Sur siguiera atrayendo al público madrileño. El Madrid F.C. cerró así un periodo de transición en el que buscó estabilidad institucional y solidez deportiva para afrontar con garantías la temporada que se avecinaba.


Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.


El día que Franklin Roosevelt Jr. cumplió los 19 años en plena fiesta andaluza

En pleno verano andaluz, bajo un sol implacable y entre el aroma del campo, Franklin Roosevelt Jr., hijo del presidente de los Estados Unidos, vivió una de las jornadas más singulares de su viaje por España. Acompañado de su amigo Paul Drexel y del cónsul norteamericano en Sevilla, el joven universitario quiso conocer de cerca al toro bravo, símbolo indiscutible de la cultura española.

Su deseo no tardó en cumplirse. El ganadero Romualdo Arias de Reina abrió las puertas de su finca “Benamalillo”, en el término de Arahal, para ofrecer a los visitantes un auténtico día de campo andaluz. A caballo, Roosevelt recorrió la dehesa, observó el comportamiento de las reses y asistió a labores tradicionales como el acoso y derribo o la tienta de becerros, guiado por toreros y mayorales.

El joven estadounidense no dejó de formular preguntas. Admirado por la bravura del ganado y por la belleza del paisaje, confesó que su experiencia previa en Bayona le había dejado una impresión equivocada de la tauromaquia. “Aquí todo es distinto”, comentó, fascinado por la destreza de los toreros y la solemnidad del ritual.

La jornada adquirió un tono aún más festivo cuando se supo que Roosevelt cumplía 19 años aquel mismo día. Entre brindis, vivas y abrazos, la celebración se convirtió en una escena de fraternidad espontánea en la que participaron desde los anfitriones hasta los trabajadores de la finca. El joven probó gazpacho, degustó vino de Jerez y hasta se animó a posar con un capote, despertando la simpatía general.

La fiesta culminó con una juerga flamenca al aire libre, donde el cante y el compás pusieron el broche a una jornada que el propio Roosevelt calificó como “inolvidable”. Antes de marcharse, expresó su deseo de asistir a una corrida en Cádiz y anunció su intención de estudiar castellano para escribir sobre sus impresiones de Andalucía.

Cuando la comitiva abandonaba la finca, dos campesinas murmuraban entre risas: “Ese debe ser un señorito de muchas campanillas…”. “¡Y tanto! —respondió la otra—. Dicen que es como un príncipe de esas Inglaterras que están en América”.


Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933.


viernes, 23 de enero de 2026

Cagancho

 José García Escudero, conocido artísticamente como Cagancho, nació en Sevilla en 1903 dentro de una familia gitana de tradición torera. Su apodo procedía de su madre, apodada La Cagancha, una bailaora muy conocida en los ambientes flamencos.

Debutó como novillero en los años veinte y rápidamente se convirtió en una figura popular por su estilo artístico, lento y muy personal, aunque también por su irregularidad extrema: podía firmar una faena memorable o, al día siguiente, provocar una bronca monumental. Esta dualidad alimentó su leyenda y lo convirtió en uno de los toreros más comentados de su tiempo.

Su carrera estuvo marcada por altibajos, problemas de disciplina, retrasos y episodios polémicos que la prensa amplificó. Aun así, dejó una huella profunda en la tauromaquia por su estética y su personalidad imprevisible. Murió en México en 1984.

Cagancho dejó varios dichos populares y expresiones que circularon por toda España, sobre todo por su fama de torero irregular, capaz de lo mejor y de lo peor. No son refranes tradicionales en sentido estricto, pero sí frases hechas, muy conocidas y repetidas durante décadas. Una de ellas es :

Quedarse como Cagancho en Almagro

Se usa para describir un fracaso estrepitoso, una situación que sale rematadamente mal o una actuación desastrosa. Proviene de una corrida en Almagro (1933) donde Cagancho tuvo una tarde tan mala que el público terminó indignado y el episodio se convirtió en leyenda.



El pistolerismo en Madrid en 1933

En 1933, Madrid vivía un periodo marcado por tensiones sociales, huelgas y enfrentamientos políticos que favorecieron la aparición de grupos armados vinculados a distintas organizaciones obreras y sindicales. Este fenómeno, conocido como pistolerismo, no fue exclusivo de la capital, pero sí dejó una huella significativa en su vida cotidiana y en el funcionamiento de las instituciones encargadas del orden público.

Los grupos implicados en estas acciones estaban formados por individuos jóvenes, a menudo con escasa experiencia, que actuaban bajo la influencia o dirección de militantes más veteranos. Su actividad incluía atracos, atentados selectivos y operaciones destinadas a obtener recursos económicos para financiar a sus organizaciones. La clandestinidad y la movilidad entre ciudades como Barcelona, Valencia o Madrid dificultaban su identificación y seguimiento.

La preparación de los atracos solía apoyarse en redes internas de información. Personas vinculadas a empresas o comercios facilitaban datos sobre horarios, movimientos de dinero o vulnerabilidades de seguridad. Este tipo de colaboración, voluntaria o ideológica, permitía planificar operaciones con un cierto grado de precisión. Las reuniones para coordinar estas acciones se realizaban en espacios discretos, como tabernas, cafés o zonas concurridas donde pasar desapercibidos resultaba más sencillo.

La Policía, por su parte, se enfrentaba a un desafío complejo. La legislación vigente limitaba las posibilidades de actuación preventiva: portar armas o reunirse clandestinamente no siempre implicaba penas significativas, lo que obligaba a las fuerzas de seguridad a intervenir principalmente cuando existían indicios claros de un delito inminente. Para contrarrestar esta situación, se recurrió a la infiltración de agentes en los círculos donde se movían estos grupos, una estrategia que permitió frustrar varios atracos y detener a sus participantes.

Algunos casos ilustran esta dinámica. En la Gran Vía, por ejemplo, una operación policial basada en meses de vigilancia permitió detener a un grupo que se preparaba para cometer un atraco. En otro episodio, relacionado con el Banco de Vizcaya, el seguimiento prolongado de un sospechoso procedente de Sevilla llevó a identificar a varios colaboradores y a intervenir antes de que se produjera un nuevo ataque. Estos ejemplos muestran tanto la capacidad de adaptación de los grupos armados como el esfuerzo institucional por contener su actividad.

El fenómeno del pistolerismo reflejó las tensiones sociales y políticas de una época marcada por la desigualdad, la conflictividad laboral y la polarización ideológica.

Imagen: Biblioteca Nacional de España, 1933


sábado, 10 de enero de 2026

La lucha silenciosa de la Brigada Especial de Madrid, en 1933, contra el tráfico de estupefacientes

 En la España de 1933, el tráfico de estupefacientes era reducido pero constante, moviéndose sobre todo en ambientes bohemios y en ciertos círculos de la alta sociedad. Las drogas más comunes, morfina y cocaína,  procedían de farmacias, boticas o pequeños contrabandistas que viajaban al extranjero. La Policía, con recursos limitados, combatía este comercio mediante infiltraciones y una red de confidentes en cafés, cabarets y salones de té.  La vigilancia se centraba en impedir que el problema creciera y en identificar a quienes obtenían beneficios del tráfico clandestino. A pesar de su discreción, esta lucha implicaba riesgos y tensiones, especialmente en ciudades como Madrid y Barcelona.

En 1933, en Madrid, la Brigada Especial española, encargada de combatir el tráfico de drogas, desarrolló un caso menor en apariencia pero revelador por las circunstancias y los personajes implicados. Todo comenzó cuando los agentes recibieron la noticia de que un joven de familia aristocrática y un amigo suyo intentaban vender varios gramos de cocaína. Ambos frecuentaban ambientes ya vigilados por la Policía, lo que llevó a organizar un operativo discreto.

Durante varios días, el agente infiltrado «A.5» se movió entre tés de moda y cabarets de la calle Alcalá, hasta ganarse la confianza de los sospechosos. Estos le ofrecieron tres sobres de cocaína, diez gramos cada uno, a 25 pesetas el gramo. Acordaron cerrar la operación en un café céntrico, donde el agente entregaría el dinero convenido.

La detención se produjo al día siguiente. A los jóvenes se les incautaron, además de la cocaína, varias ampollas de morfina y pantopón, un medicamento opiáceo muy utilizado en Europa a comienzos del siglo XX. El principal detenido explicó que había acompañado a un grupo de misses europeas hasta Estoril y que, durante el viaje, una de ellas comentó que le gustaría probar morfina. En el Palace de Estoril conoció a un individuo que le indicó dónde adquirirla en Lisboa. Allí viajó, recogió la droga y regresó a Madrid, donde su amigo le propuso venderla para obtener algo de dinero.

Este episodio ilustraba las dificultades de la Brigada Especial, que trabajaba en un terreno plagado de obstáculos: traficantes con recursos, locales donde se toleraban actividades sospechosas y una red de consumidores dispuestos a ocultar su adicción. La Policía trataba de mantener el control sobre los estupefacientes que circulaban en Madrid, gracias a una extensa red de confidentes formada por camareros, limpiabotas, artistas de cabaret y empleados de locales nocturnos.

La labor de la Brigada no se centraba en detener a consumidores ocasionales, sino en desarticular redes y capturar a traficantes peligrosos. No era raro que los agentes se enfrentaran a situaciones violentas, como ocurrió en Barcelona, donde se ofreció una recompensa por “liquidar” al jefe de la Brigada local. A pesar de los riesgos y de los escasos medios, la Brigada Especial continuaba su lucha diaria, silenciosa y persistente, contra un comercio clandestino.

Imagen Biblioteca Nacional de España, 19833.


viernes, 2 de enero de 2026

La renuncia por amor: la vida del ex príncipe Alfonso de Borbón y Edelmira Sampedro

 La historia de don Alfonso de Borbón y Battenberg, antiguo príncipe de Asturias, y la joven cubana Edelmira Sampedro fue, desde su origen, una de las más comentadas de la realeza europea del siglo XX. Su boda, celebrada en Lausana el 21 de junio de 1933, había sido presentada por la prensa como una auténtica novela romántica: el heredero que renunciaba a un trono por amor. Pero la vida que siguió a aquel enlace estuvo marcada por la enfermedad, las tensiones familiares y un destino trágico que terminó demasiado pronto.

Tras firmar su renuncia a los derechos sucesorios y perder todos sus títulos salvo el de conde de Covadonga, Alfonso se instaló con Edelmira en Evian, donde intentó llevar una existencia discreta, lejos de la etiqueta que tanto había detestado. Su salud, sin embargo, continuó siendo frágil. La hemofilia, que lo había acompañado desde la infancia, condicionó cada aspecto de su vida matrimonial.

La pareja vivió entre Suiza y Francia, tratando de mantener una normalidad que nunca llegó a consolidarse. Las presiones externas, la vigilancia constante de la prensa y las dificultades derivadas de la enfermedad fueron desgastando la relación. Finalmente, en 1937, Alfonso y Edelmira se divorciaron amistosamente. A pesar de la separación, ella conservó el título de condesa de Covadonga, y ambos mantuvieron un trato respetuoso durante años.

Tras el divorcio, Alfonso contrajo matrimonio en 1937 con Marta Esther Rocafort, una modelo cubana. Aquella unión duró apenas unos meses y terminó también en divorcio. Más tarde, en 1954, se casó por tercera vez con Emilie “Millie” Lawson, una estadounidense con la que tampoco tuvo descendencia.

Su salud empeoró progresivamente. A pesar de los avances médicos, la hemofilia seguía siendo una enfermedad de altísimo riesgo. El 6 de septiembre de 1938, con apenas 31 años, Alfonso murió en Miami tras sufrir un accidente de tráfico. Un golpe aparentemente menor provocó una hemorragia interna que los médicos no pudieron detener. Su muerte conmocionó a la prensa internacional, que recordó entonces la renuncia que había marcado su destino.

Edelmira Sampedro, por su parte, llevó una vida mucho más discreta. Nunca volvió a casarse y conservó siempre el título de condesa de Covadonga, que utilizó hasta su muerte. Vivió entre Cuba, Estados Unidos y Suiza, manteniéndose al margen de la vida pública y evitando cualquier explotación mediática de su pasado.

A pesar de la distancia y del tiempo, Edelmira siguió siendo respetada por la familia Borbón. Cuando Alfonso murió, ella fue reconocida oficialmente como su viuda, ya que su divorcio no había sido validado por la Iglesia. Falleció en Coral Gables, Florida, en 1994, a los 82 años, tras una vida marcada por la discreción y la dignidad.

Imagen: Biblioteca Nacional de España.